Jimmy Hoffa, la oscura desaparición del mafioso que Al Pacino interpreta en “El irlandés”

La nueva película de Martin Scorsese, estrenada en algunas salas y disponible desde hace unos días en Netflix, recupera una figura controvertida. Las hipótesis sobre el destino final de un personaje vinculado con la mafia, uno de los grandes misterios de la historia moderna de los Estados Unidos

La confrontación fue su norma. Fue su motor, lo que lo hizo escalar, lo que le trajo problemas y lo que marcó su final. No era una persona apacible. Su vida tampoco lo fue. Jimmy Hoffa fue uno de los hombres más poderosos de Estados Unidos durante las décadas del cincuenta y del sesenta. Luego llegó la caída. Nada es para siempre. Pero él, como era previsible, no se resignó. Trató de reconquistar su lugar. Pero los tiempos habían cambiado. Las reglas las ponían otros y los que todavía lo respetaban y le temían, lo consideraban un estorbo.

Jimmy Hoffa era petiso. Medía un metro sesenta y cinco. Pero se movía con la seguridad de un gigante. Se llevaba el mundo por delante. Literalmente. 165 centímetros de potencia, extroversión, impudicia y ambición. Su cabeza era como un dado: la mandíbula tenía el mismo ancho que su cráneo. Su figura vuelve a tener actualidad, su biografía interesa nuevamente a partir del estreno de El irlandés, la película de Martin Scorsese. El papel de Hoffa en el film lo interpreta Al Pacino.

Jimmy Hoffa empezó a trabajar desde muy joven. Supo ganarse la vida en tiempos difíciles. Cargaba y descargaba cajas de los camiones. La paga era miserable pero era lo que había. Le alcanzaba para comer. En medio de la Gran Depresión había que conformarse con eso. Pero el joven no lo hizo, no aguantó demasiado tiempo. Exigió mejoras en el salario y en las condiciones de trabajo. El suyo fue un pedido repleto de impaciencia, carente de amabilidades. Una exigencia. Para sorpresa de sus compañeros, logró mejorar la situación laboral. En Detroit, su ciudad, comenzó a correrse la voz sobre su capacidad para enfrentar a los empleadores. Lo respetaban. De a poco fue ingresando en la vida sindical. Era un mundo que le atraía y para el cual estaba dotado.

Aunque nunca manejó un camión su influencia en el gremio de los camioneros fue creciendo. Era un negociador implacable de voz firme y poca paciencia. No se arredraba ante el poder del dinero. Lo guiaba la defensa de sus compañeros, una obsesión por tratar de mejorar las condiciones de trabajo, por obtener sueldos dignos y una descomunal ambición. Su talento (uno de ellos) fue también su perdición. Reconoció enseguida que debía aglutinar poder a su alrededor para conseguir lo que quería. Y a eso se dedicó sin importarle los modos ni los medios por el resto de su vida. La historia de Jimmy Hoffa es, eminentemente, una historia sobre el poder.

Este líder sindical de menos de veinte años que deslumbraba con su dureza y serenidad ingresó en La Hermandad Internacional de Camioneros (International Brotherhood of Teamsters o IBT), el rebuscado nombre del sindicato de camioneros que en ese entonces tenía unas decenas de miles de afiliados. Hoffa propuso nacionalizar la representación, que no fueran meras organizaciones regionales. Creía, con razón, que la unión les daría más poder. Los propietarios y empresarios le temían. Los azotaba con reclamos, huelgas y boicots. Amenazas, gritos, trompadas y disparos: todo valía. No buscaba conciliar. No resignaba condiciones. Un halo mítico se fue formando a su alrededor. De líder indestructible, de negociador invicto. Sus compañeros lo amaban. Ocupar posiciones más relevantes en el sindicato fue algo que se dio con naturalidad. Primero fue un cargo regional. En medio de la Segunda Guerra Mundial fue llamado a filas pero se negó. Adujo que su labor gremial era un servicio más importante para el país que lo que pudiera hacer como soldado. Ya no estaba para recibir órdenes.

En 1952 fue nombrado vicepresidente del sindicato de camioneros. Pocos años después llegó a la presidencia.

El IBT estuvo dirigido durante más de 40 años por el mismo dirigente, Daniel Tobin. Su sucesor, Dave Beck, sólo ejerció la presidencia cinco años. Robert Kennedy, desde su banca de senador, inició una investigación contra él. Los cargos eran muchos. Beck en el interrogatorio en la Cámara batió un extraño récord mundial. Invocó la Quinta Enmienda de la Constitución de Estados Unidos la friolera de 117 veces con el fin de no autoincriminarse. Como suele suceder en estos casos la condena llegó por asuntos menores. Quedarse con 1900 dólares de la venta de un auto inscripto a nombre del sindicato y evasión impositivo: nimiedades al lado de las imputaciones iniciales. Pero eso bastó para que Beck pasara tres años en prisión y tuviera que renunciar al sindicato. Quien ocupó su lugar fue Jimmy Hoffa.

Bajo su mando, los camioneros se convirtieron en la fuerza gremial más voluminosa e influyente de Estados Unidos. Una década antes eran 30.000 afiliados. Bajo el mando de Hoffa llegaron a ser 2 millones y medio de camioneros.

Hoffa declamaba la importancia de la labor de su gente. El vasto territorio norteamericano era unido por sus camiones, ellos llegaban dónde los demás no lo hacían. Sí había leches, bebidas, carne o revistas en cada rincón de Estados Unidos era por ellos, los camioneros. Mientras sus antecesores eran conciliadores, Hoffa iba al choque permanentemente. Disfrutaba de la confrontación, era su zona de confort, el lugar dónde sacaba diferencia. Las huelgas se multiplicaban y los beneficios para sus afiliados también. Sueldos, vacaciones, seguridad y un fondo de jubilación. También trató de expandirse incluyendo miembros de otras actividades como los aeronavegantes.

La multiplicación de miembros hizo que los fondos fueran cada vez mayores. Hoffa entendió con rapidez que el poder también depende de la capacidad económica. Las inversiones se multiplicaron. Los negocios también. El IBT tenía desde hacía años relaciones con la mafia. Hoffa, en vez de alejarse, las profundizó. Vio una ocasión sensacional de multiplicar su dinero y de sumar un nuevo aliado en su acumulación de poder. Los lazos con la mafia se estrecharon. Se convirtieron en socios. Es más: muchas veces (la gran mayoría) la manera de actuar de unos y de otros era bastante similar.

Los fondos del sindicato se invertían en empresas constructoras, acciones, propiedades. También se lavaba dinero de la mafia. Y se financiaban algunas de sus actividades a través de préstamos que luego eran devueltos. Hoffa era estricto con sus socios.

Robert Kennedy no tardó en citar a Hoffa. Él no se arredró. Las audiencias fueron televisadas a todo el país. Fue un duelo entre dos pesos pesados. Kennedy acusaba al líder camionero de delitos gravísimos. Conspiración, fraude, lavado de dinero, evasión, extorsión, daños a la propiedad privada y no pocos homicidios. Robert Kennedy dijo que Hoffa y su manera de conducir el sindicato, su impunidad, eran el mal de Estados Unidos, eran el enemigo que tenían dentro de sus fronteras. Hoffa contestaba con firmeza. la debilidad era el peor de los defectos para él. Acusó a Robert y a su hermano de nenes de mamá y los mandó a tener un trabajo de verdad.

El duelo dialéctico, los estilos opuestos, sedujeron a la opinión pública. El horror ante las acusaciones convivía con la defensa que hacían los camioneros de su líder por las ostensibles mejoras en la calidad de vida que les había propiciado, y con la fascinación que generaba ese personaje salido de una película, seguro de sí mismo, impenetrable y desafiante.

Robert Kennedy, luego del triunfo presidencial de su hermano, se convirtió en el procurador general y su objetivo principal fue la persecución judicial de Hoffa. El sindicalista se la pasaba en los tribunales, aunque casi siempre lograba salir indemne. Pero las acusaciones eran variadas y sólidas. Se acumularon cargos por intimidación a un jurado, estafas y otros delitos.

En 1964 condenaron a Hoffa a 13 años de prisión. Él no se preocupó. Había muchas instancias de apelación y sabía qué resortes del poder tocar. Pero luego de tres años de recursos, su camino se terminó; debió ir a la cárcel. Era 1967. Supuso que seguiría al frente del sindicato mientras duraba su reclusión. Así lo dejó estipulado. Puso al frente al vicepresidente Frank Fitzsimmons, alguien que a simple vista parecía manejable a larga distancia por Hoffa. Así fue en los primeros meses. Pero el poder seduce y Fitzsimmons estaba dispuesto a ejercerlo. La mafia aprovechó el resquicio y mejoró sus condiciones; menos intereses, no era necesario cancelar la deuda anterior para poder pedir dinero nuevamente, mayores libertades para imponer sus negocios sucios. Los capos mafia se percataron con celeridad que estaban mejor sin Hoffa imponiendo las reglas.

En 1971 Richard Nixon condonó la pena de Hoffa; pasó menos de cinco años en prisión. El perdón presidencial traía una condición envenenada: el camionero no podía retornar a la jefatura del sindicato al menos hasta 1980. No era una cláusula poco razonable: los delitos por los cuáles había sido condenado los había cometido en ejercicio de ese cargo. Hoffa pensó que ese era un obstáculo menor, que podría saltearlo con las alianzas indicadas, con la presión de sus trabajadores y con alguna que otra extorsión. Al fin y al cabo no iba a ser la primera vez que se salteaba normas.

Pero los tiempos habían cambiado. Y, especialmente, el poder había cambiado de mano. Los que antes respondían a él ya no lo hacían. Intentó por el lado de la justicia. Se presentó ante los estrados para solicitar que se declarara ilegal la cláusula, que manejar el sindicato era un derecho que le asitía y no podía ser cercenado por el Poder Ejecutivo. Tampoco resultó esa vía. Por lo tanto recurrió a lo que más conocía. Trató de negociar con los jefes mafiosos para que lo apoyaran. Estos no deseaban su regreso. Habían sacado partido de la confusión y de la debilidad inicial de Fitzsimmons y no pensaban retrotraer sus privilegios ganados. A pesar de las señales y las negativas expresas, Hoffa insistía. A su modo. Nunca fue la seducción ni los buenos modos su manera de convencer.

Eso produjo un hastío entre los mafiosos. En especial en dos de ellos: Anthony Provenzano y Anthony Giacalone. El 30 de julio de 1975 lo citaron en un restaurante de Michigan. Ninguno llegó a la cita. Hoffa esperó más de una hora y media. Estaba furioso. Y lo hizo saber. Llamó por teléfono pero nadie lo atendió. Sólo su esposa escucho sus quejas. Luego salió de ese restaurante, subió a un auto y nunca más se lo vio.

Un hombre famosos, un hombre poderoso que se esfumó delante de todo Estados Unidos. Jamás se lo encontró. Los principales sospechosos salieron indemnes de años de investigación. El destino final de Jimmy Hoffa es uno de los grandes misterios de la historia moderna de Estados Unidos. ¿Quién mató al líder sindical? ¿Qué hicieron con su cuerpo?

Las teorías fueron múltiples pero las pruebas muy escasas. El FBI debió cerrar la investigación en el nuevo siglo sin haber podido dar con el culpable. 27 años de pesquisas inútiles. Ni siquiera las nuevas tecnologías ayudaron. Encontraron un pelo que le pertenecía al sindicalista en el auto en el que fue visto por última vez por varios testigos pero no mucho más.

Con el correr de los años catorce personas distintas se atribuyeron el crimen. Una especie de galón en el mundo del hampa por la magnitud de la víctima y por el desconcierto de los investigadores.

Frank Sheeran, el irlandés, el protagonista de la película de Scorsese, fue uno de los que dijo haber asesinado a Hoffa. Hombre de confianza de Jimmy pero que ante la colisión de intereses y de lealtades, se inclinó por la mafia. El sicario ejecutó a quien lo había contratado varias veces. Según la versión de Sheeran, llevó a Hoffa a una casa y le disparó dos tiros en la cabeza, detrás de una de las orejas. Los investigadores encontraron en la casa señalada por Sheeran rastros de sangre pero no el ADN de Hoffa. Concluyeron que en esa vivienda había ocurrido un asesinato pero no el del líder camionero.

El cuerpo fue buscado en campos, estadios de béisbol, sótanos y varios sitios más. Algunos dijeron que fue enterrado, otros que lo cremaron, hubo quienes afirmaron que lo compactaron, o los que dijeron que fue descuartizado y las diversas partes diseminados a lo largo de Estados Unidos. A lo largo de estas décadas las denuncias del paradero del cadáver de Hoffa se multiplicaron. Todas fueron falsas alarmas.

Pero el legado del apellido en el sindicalismo no quedó en el recuerdo de sus conquistas ni en el recuento de sus crímenes. Hay algo más. Actualmente el hijo de Jimmy, James P.Hoffa, quien se acerca a los 80 años, lidera el sindicato de camioneros, el IBT, desde el año 1998.

Fuente: INFOBAE

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