Sobre la vieja casona de 3 de febrero y A. Freyre sigue pesando un manto de supersticiones urbanas: luces que se prenden y ruidos extraños. En 1990, se hizo una experiencia de psicofonía en la Necrópolis: se registraron voces desde un panteón.
Halloween se celebra este 31 de octubre con una inusitada adhesión popular: los comercios y paseos de compras están decorados para la ocasión, los niños disfrazados diciendo “dulce o truco”, e incluso los más jóvenes de la ciudad de Santa Fe subidos a la parafernalia, haciendo bromas o reenviando memes a los grupos de amigos alusivos a la fecha.
La superstición, con todo, pierde en esos casos entidad como tal, y se vuelve espectáculo, divertimento, vestimentas y golosinas, tal la proclama de este fenómeno que no es otra cosa que una muestra de la penetración cultural que llega desde los Estados Unidos, con merchandising y hasta horror movies para los “pochocleros” de turno.
Sin embargo, esa superstición puede resignificarse, con el debido respeto a los muertos y seres queridos que ya no están en este plano, al punto de anclarse en dos casos que aparentan ser tétricos “cuentos de terror” bien santafesinos: uno de ellos es el de la supuesta “casa embrujada” del barrio Sur, en la esquina de 3 de febrero y Freyre.
¿Embrujada?
El Litoral contó la historia de esta casona, que habrá sido una bellísima pieza arquitectónica en su época dorada, hoy transita un irreversible derrotero de abandono y paredes derruidas. Dicen que allí, por las noches, se encienden luces (la vivienda está deshabitada) y que se escuchan ruidos extraños, como cadenas que se arrastran. Sugestión.
Dicen que en esa casa vivía una familia con dos niños. Uno de ellos, de unos 10 u 11 años, salió a pasear una tarde en su bicicleta. La desgracia lo estaba esperando en una esquina: un camión lo atropelló y lo mató. Dicen también que el conductor de ese camión se suicidó luego, pues la culpa lo atormentaba. Esto habría ocurrido hace 40 años.
Eso es lo que cuenta el mito urbano, que no es otra cosa que eso -un mito- y que ha sido alimentado por relatos orales de dudosa veracidad, que circularon a lo largo de los años: se tergiversaron, se modificaron y, por supuesto, se exageraron.
Hace dos años, un periodista rosarino vino a Santa Fe exclusivamente para contar los “detalles fantasmales” de la casa, y compartiéndolo en sus redes.

“El lugar emana tristeza. Angustia. El aire se pone denso cerca de la reja. El aspecto deteriorado no ayuda. Pero hay algo siniestro en cómo se yergue la casa en medio de la oscuridad. Algo desafiante y desangelado que te perfora y te dice en las tripas: ‘Acá hay algo malo’”, relató Nicolás Maggi.
La construcción de la casa data del primer cuarto del siglo XX (entre las décadas de los años ‘20 y ‘30). Era de las denominadas casas “baratas”, por su bajo costo de alquiler. Toda esa zona del barrio era para los obreros del viejo ferrocarril de la Estación Mitre. Aquella era una zona prostibularia por excelencia, explicó El Litoral.
Tanto tiempo después, la mitología de fantasmas que habitan la casona sigue latente.
Experiencia de psicofonía
El segundo caso que también relató este diario en 2022 ocurrió en la madrugada del 6 de agosto de 1990, en el Cementerio Municipal. Un grupo de personas -previo permiso otorgado por el municipio local en ese entonces al frente del intendente Enrique Muttis-, realizó un estudio de psicofonía en la Necrópolis de esta capital.

La investigación paranormal consistió en la colocación de micrófonos y grabadores en varios panteones. Al terminar el experimento, se detectaron registros grabados de voces en las viejas cintas magnetofónicas.
Era de madrugada. “Uno de los integrantes del grupo de investigación, cuando fue a retirar el casete del grabador, se encontró con que en ese panteón, donde había una especie de subsuelo, había una rejilla. Cuando llegó al grabador, esta persona vio, en esa rejilla, una misteriosa luz blanca”, contó aquella crónica.
Pero lo más impactante es que cuando se procedió a la escucha y desgrabación de todos los casetes, en uno se escucha una voz que dice tres veces: «Abajo, abajo, abajo», pero en tono de susurro. Ese registro pertenecía a ese panteón en el que se había visto esa extraña luz en la rejilla.
Fuente: El Litoral

