Tras el robo de 6.000 millones de dólares a Binance, la empresa promete recuperar el dinero mientras se caen las certezas matemáticas sobre la seguridad del sistema.
Por Esteban Magnani / Página 12
Binance anunció este jueves un robo en criptomonedas que se calcula en más de 6.300 millones de dólares y que llevó solo 20 minutos. Si bien falta confirmar los detalles de la cifra y cómo se produjo el hackeo, ya se trata del robo más grande de este tipo de activos cuya característica más promocionada es, justamente, su inviolabilidad. Las criptomonedas extraídas son Eher, Tron y Bitcoin: esta última vio caer su cotización el 4% luego del incidente. Antes del robo, Binance administraba aproximadamente 130.000 millones de dólares en cripto: habría perdido casi el 5% del total.
La exchange más grande del mundo (una suerte de banco para este tipo de monedas) congeló los fondos de todos sus clientes para evitar que continúe la sangría; aseguró que todo está controlado y que, en caso de que se comprueben los robos, se hará cargo de resarcir a los clientes con fondos propios. Una parte de las criptomonedas robadas, algo menos de la mitad, fue desviada a otras exchanges como Tether y Circle, que lograron congelarlas antes de que se descargaran a billeteras locales, de las cuales ya no se podrían retirar.
En las redes, algunos clientes de la empresa aseguran haber retirado sus fondos justo antes del cierre de todas las transacciones, mientras el resto parece oscilar entre la confianza en que Binance devuelva lo robado y el miedo a que ocurra nuevamente lo que pasó en 2014 con Mt. Gox, una exchange japonesa que cerró luego de un hackeo por cerca de 500 millones de dólares. En ese momento, Bitcoin cayó un 36%. Más recientemente, en 2025, Bybit perdió 1.400 millones de dólares en un robo similar atribuido a una organización de Corea del Norte; hasta este caso era el mayor golpe a una exchange.
A diferencia de Mt. Gox, Bybit se hizo cargo de los fondos robados y sigue funcionando. El mismo jueves, Polymarket sufrió más temprano un robo de más de dos millones de dólares.
En un comunicado en X Binance aseguró que ya está comprando cripto para que el que puso bitcoin reciba bitcoin, el que puso Ether reciba Ehter, etc. También afirman trabajar con las fuerzas de seguridad para investigar el robo. Seguramente tengan la esperanza de seguir el rastro de los cacos virtuales a través del movimiento de las criptos que llegaron a las billeteras utilizadas para la extracción, algo que se puede verificar en los nodos con los registros. Cualquier conexión con el mundo material permitiría, eventualmente, identificar a los humanos detrás del robo. El problema será más grave si se comprueba, como aseguran algunas fuentes, que el hackeo proviene de un grupo de Corea del Norte con antecedentes en casos anteriores. Aun si se identificara a los responsables, no resultará fácil capturarlos o forzarlos a devolver las criptos.
Changpeng Zhao, el canadiense más rico (al menos hasta antes del incidente), cofundador de Binance en 2017 y su CEO hasta 2023 (cuando fue encarcelado por violar el secreto bancario), reconoció que la empresa probablemente había sido hackeada por medio de la computadora de uno de sus ingenieros. De ser cierto, se trataría de una falla de seguridad muy grave para una empresa de semejante envergadura. Zhao luego recordó que en este momento es solo un accionista de la empresa y no tiene responsabilidad ejecutiva.
Aun si se lograra recuperar parte o la totalidad de lo robado, o si la empresa efectivamente puede y quiere cubrir las pérdidas de sus accionistas, se renueva la certeza de que no alcanza con complejos algoritmos matemáticos para garantizar la inviolabilidad de un bien, como suelen prometer los fanáticos de blockchain.
Metele blockchain
La madre de todas las criptomonedas es Bitcoin, lanzada en 2009 como una respuesta financiera a la crisis de 2008. La idea era utilizar la tecnología blockchain, que permite descentralizar los controles sobre la moneda para evitar que las autoridades abusen de su poder: en lugar de tener un registro centralizado, cientos de nodos anotan en paralelo cada transacción, garantizando que nadie pueda llevarse nada sin la aprobación de la comunidad. Sin correlato en metálico, las criptomonedas deben su valor justamente a que hay quienes creen que tienen valor, es decir, pura convención: por eso pueden desinflarse sin dejar rastro en minutos. Algo parecido podría decirse del dinero luego del fin del patrón oro; la diferencia reside en hábitos construidos por siglos y respaldados por instituciones democráticas, las mismas que fallaron al pueblo en 2008.
Esta utopía financiera con impronta anarcocapitalista tiene varios problemas, como el impacto ambiental que conlleva su funcionamiento, que su anonimato por default la hace ideal para transacciones ilegales y, sobre todo, que el sueño de la democratización del dinero en realidad no se produce, sino que es usado por un puñado de actores para controlarlas, hacerlas subir y bajar mientras compran y venden oportunamente para hacerse de la diferencia. La promesa de que todos pueden hacerse ricos con las criptos permite también enganchar a miles de desprevenidos que terminan alimentando las billeteras de pocos. La falta de controles centralizados por una autoridad en lugar de dar seguridad habilitó la ley del más fuerte que rige en mercados tan desregulados.
Intentos como el de El Salvador por imponer la moneda para su circulación cotidiana fracasaron estrepitosamente. Otros países como China directamente prohibieron primero su minado porque amenazaban sus metas de emisión de carbono y luego su circulación por el nivel de inestabilidad financiera que producían. Como suele ocurrir con el intenso marketing de algunas tecnologías, muchos aprovecharon la fiebre de Bitcoin para cumplir su sueño de tener una moneda propia. Donald Trump, por ejemplo, que la criticaba en su primer gobierno, ahora la abraza y buena parte de su fortuna surge de ellas.
Otros emprendimientos que se subieron a la fiebre de blockchain, como los NFT, fan tokens, juegos play to earn y demás, ya fueron a parar al arcón de cuentos del tío disfrazados de hallazgo tecnológico. Algunos de sus promotores, como Leandro Cositorto o Sam Bankman-Fried, dueño de la extinta exchange FTX, pasaron de la fama a la cárcel. Incluso criptomonedas de tipo stablecoins como Terra, supuestamente atadas al dólar como garantía, colapsaron en minutos luego de una corrida. En resumen, poco se puede decir de su utilidad para satisfacer necesidades reales por fuera del marco de la especulación financiera para pocos, que es signo de los tiempos actuales.
Estos ejemplos muestran también que el funcionamiento técnico de una herramienta o incluso la seguridad matemática inviolable que llevan en su corazón no define su uso social. Ninguna tecnología lleva en sí las garantías de qué ocurrirá con ella cuando la sociedad comienza a usarla. Es solo otra prueba de que, como decía ya hace años Raúl Scalabrini Ortiz: “Estos asuntos de economía y finanzas son tan simples que están al alcance de cualquier niño. Solo requieren sumar y restar. Cuando usted no entienda una cosa, pregunte hasta que la entienda. Si no la entiende, están tratando de robarle”.
Una mancha más
Con este historial queda más que claro que el hype de blockchain en general ha sido un atajo efectivo para todo tipo de estafas o robos y no una excepción. Lo mismo puede decirse del mundo de las criptomonedas en general, desde la mencionada Terra pasando por Zoe o $Libra. No está claro aún si Binance logrará superar el enorme costo económico de rescatar a sus clientes o el daño severo provocado a su prestigio. Sin embargo, cabe aclarar que Bitcoin y algunas otras como Ether aún cuentan con suficiente espalda financiera y comunidad para aguantar los embates, por lo que es probable que se recuperen. Eso no quita que, muy probablemente, la historia se siga repitiendo porque estos problemas no son una falla, sino una característica.

