Ecos de un crimen, Puntos suspensivos, La ira de Dios y ahora la divertida Lo dejamos acá. La figura del escritor parece perseguir a Diego Peretti. Esta última película, la comedia negra dirigida por Hernán Goldfrid que ya se puede ver por Netflix, marca el reencuentro de dos colosos del cine argentino: Ricardo Darín y Peretti, quienes encaran una terapia inusual para destrabar un bloqueo creativo y enfrentar problemas con el alcohol.

Uno de los actores más admirados de nuestro país. Desde el querido Doctor en Tiempo de valientes, simulador eterno, el rostro del poder evangélico en El reino o la mente maestra en El robo del siglo, Peretti pudo transitar de manera exitosa por diferentes formatos desde el cine, las series, el teatro y la televisión. Se maneja con su habitual ductilidad entre el drama y la comedia. Mientras que en la actualidad Hollywood se rinde ante Olivia Wilde y La invitación, Diego Peretti protagonizó mucho tiempo antes Los vecinos de arriba, la versión teatral de Cesc Gay en la que se basa la película.

Dueño de un presente exitoso, Peretti también estrenó recientemente La casa, un thriller existencialista en el que su personaje hace un pacto con el diablo para poder aferrarse con uñas y dientes a la casa de sus sueños.

–La casa aborda el tema de la propiedad privada como bastión capitalista. ¿Cómo te interpela?

–No sé si lo que cuenta la película es metafóricamente algo ligado al capitalismo y a la propiedad privada, pero sí se refiere a la propiedad vital de una persona, a defender los recuerdos, a luchar por conservar algo que costó mucho conseguir. Tener que desprenderse de eso cuando el sistema laboral te corre por tu edad es tremendo y en ese sentido me parece que la historia plantea una cuestión bastante universal más allá de lo ideológico. Si a cierta altura de la vida el sistema te hace a un lado y te saca el trabajo, ante la idea de perder el fruto de tu esfuerzo la reacción es inevitable.

Me parece que ahí radica la grandeza de este personaje que me tocó interpretar: en perseverar, no ceder, no rendirse y no darse por vencido. Lo que pasa es que en un clima de urgencia, bajo un cielo de premura, con la presión de necesitar resolver la situación aparecen oportunidades fáciles, de esas que brillan sin ser oro. Y como este hombre toma decisiones asfixiado por lo urgente termina moralmente derrotado.

–En este sentido la carrera actoral permite que una persona mayor siga trabajando, si quiere, toda la vida. Un actor puede hacer de padre o abuelo… ¿Lo ves como una ventaja?

–Convengamos que ocurre pero no es lo más normal. Los trabajos más numerosos o más prestigiosos como actor suelen suceder entre los cuarenta y los cincuenta y cinco años. Quizás, si hablamos de actores muy brillantes se alarga un poco más, pero los sistemas laborales de todos los colores se ponen de acuerdo en algo: no valoran la tercera edad.

En el mejor de los casos, en algunas culturas, se trata bien al adulto mayor y se procura que no sufra, pero en general se desentienden completamente o le roban. No lo tienen como una voz atravesada por la experiencia, alguien que conserva una sabiduría que podría transmitirle a los más jóvenes y de esa manera actuar como agente anticipatorio de grandes cagadas.

–En cuestión de semanas estrenaste dos películas: La casa y Lo dejamos acá. ¿Te gusta este frenesí o preferirías espaciar un poco los títulos?

–La verdad que si me dieran la oportunidad de elegir preferiría estrenar más espaciadamente. Así podría concentrarse la energía del espectador por un tiempo en una sola historia y luego hacer lo mismo con la película siguiente. De esta forma quizás se divide un poco la atención… La gente está con muchos problemas, entonces comunicar dos películas diferentes casi en simultáneo puede confundir.

–Vos sos psiquiatra y en Lo dejamos acá te toca estar del otro lado del mostrador. ¿Cómo viviste esa experiencia?

–Fui psiquiatra. A esta altura ya no se puede decir que lo soy, pero te digo que en esta película la pasé muy bien, tiene un guion muy lindo. Trabajar con Ricardo Darín y con todo el elenco fue una experiencia hermosa. Con Ricardo ya habíamos laburado en La señal. Antes de esa película, en el 98, él fue director y productor de una obra que hice con Verónica Llinás en el Teatro Regina, llamada El submarino. Ricardo es un actor impresionante, un fuera de serie.

–Tu personaje en Lo dejamos acá tiene un tema muy particular con la bebida. ¿Para hacer esas escenas tuviste que tomar todas las noches, tipo actor del método?

–No fue necesario (se ríe)… en esos casos solo se trata de jugar. Hicimos mucho trabajo de mesa con Hernán Goldfrid, que es un director realmente muy bueno. En enero se estrenará una película que se llama Consumidor final, donde también me dirigió él y en la que actúo con Joaquín Furriel. Formamos una dupla que me entusiasma; vi algunas secuencias y me ilusiona que se proyecte. Con gente como Joaquín y Ricardo da gusto jugar, ¡lo que nos reímos con Darín en la escena donde bailamos!

–Estás acostumbrado a ser siempre el protagonista… Cuando te toca compartir ese lugar, ¿se hace más fácil o cuesta adaptarse?

–Cuando el guion es bueno, el director es claro y sabemos hacia dónde vamos, todo fluye. Obviamente me gusta ser protagonista, en el sentido de llevar cierta opinión del relato, en la interpretación, pero mirá del compañero que estamos hablando en este caso. Ricardo es grandioso, mantiene la pasión y el profesionalismo como si fuera un pibe de veintipico.

–En esta película te vuelve a tocar ser escritor.

–¡Si! Este escritor es más comercial, menos auténtico, es un autor de best sellers un poco pillo. La profesión de escritor me despierta una gran curiosidad, es una actividad solitaria, requiere de mucha imaginación y de estar constantemente mirando al mundo en función de una poética personal. Los escritores son artistas, quizás más intelectualizados y no tan físicos como un actor o un bailarín, pero tienen el poder de descubrir metáforas, de encontrar poesía a lo largo de toda la vida, lo cual me provoca admiración.

–Tanto en La casa como en Lo dejamos acá, interpretás a dos tipos solitarios. ¿No pediste aunque sea un interés romántico para pasarla mejor?

–¿Sabés qué pasa? Hice mucha comedia romántica. Entre mis cuarenta y mis cincuenta y cinco años debo haber protagonizado cinco o seis que me encantaron. Pero hablando del paso del tiempo, esto también conlleva interpretar a personajes que están en una etapa de la vida posterior a la de formar una pareja, casarse y tener hijos, los tópicos clásicos que rodean a las comedias románticas. A esta edad las personas comienzan a ser quizás más solitarias, se dedican más a recordar que a proyectar, se vuelven más reflexivas y se va complicando abrir la puerta para que entre alguien de afuera. Están compenetrados en otros temas, en esas historias que en el cine se llaman de segunda oportunidad, en poder revitalizarse a pesar de la cronología.

–Después de tantos años de experiencia, ¿qué es para vos lo mejor de ser actor?

–Lo mejor es imaginarse una psicología diferente a la que uno carga desde que tiene memoria. Imaginarse un comportamiento distinto, actitudes que no son las tuyas, reacciones distintas, situaciones impensadas para la propia vida. Crear ese tipo de imágenes permanentemente es muy entretenido, es desafiante, y trabajar la poética de cada personaje es el aspecto más artístico de nuestro trabajo. Después en lo cotidiano también es muy linda la experiencia grupal, el equipo, subir la montaña todos juntos, compartir la filmación, laburar a conciencia, evitar la desidia. Eso es como hacer gimnasia en la vida, te llena de energía.

Otra cosa que a mí particularmente me enciende es llegar al set y ver cómo el arte de la película se transforma, ser testigo de cómo lo que está escrito toma cuerpo en un escenario real. Ahora hay muchos efectos especiales pero por suerte siguen existiendo esos sets que son los que me encantan y esos rodajes que cuando terminan me dan melancolía. Capaz estás haciendo la última escena y ya van desmantelando todo, solo queda la imagen dentro tuyo, es el fin de las vacaciones, el final del campamento que nunca olvidarás.

Fuente: Página 12

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