La mayoría de ellos tiene más de 30 años de antigüedad y no logran reinsertarse en un mercado laboral con propuestas muy precarias. Mientras, continúan como cuidadores de la planta y apuntan a convertirse en cooperativa.
Un año después del cierre de la gráfica Morvillo, con más de 50 años de producción en Avellaneda, la escena dentro de la planta sigue marcada por una postal que para sus trabajadores se volvió cotidiana con máquinas detenidas, turnos de custodia y una pelea abierta por lograr constituir una cooperativa para evitar que el final sea el remate y el olvido.
La empresa bajó la persiana el 25 de febrero de 2025 alegando que no podía competir con las importaciones y, pocos días más tarde, la Justicia confirmó la quiebra. Desde entonces, la vida de unas 250 familias cambió de manera abrupta. Hoy, el eje ya no pasa solamente por reconstruir cómo se produjo el cierre, sino por algo más urgente que es cómo sobreviven quienes quedaron afuera del sistema formal de trabajo con más de 30 años de antigüedad y siguen entrando todos los días a una fábrica que ya no produce.
Sebastián Rodríguez, secretario general de la comisión interna, describe ese presente. “Cuando entro a la fábrica siento un silencio atronador. Es como un recordatorio permanente que nos impulsa a seguir luchando para poner en movimiento esas toneladas de hierro que alguna vez funcionaron 24 horas al día los 365 días del año y a las cuáles tantos trabajadores le dedicaron los mejores años de sus vidas”, cuenta. La frase condensa el estado actual de Morvillo con una planta paralizada, pero no abandonada; una quiebra en marcha, pero también una organización obrera que decidió no retirarse.
La escena material del conflicto no cambió demasiado, aunque sí se profundizó el desgaste. Los trabajadores siguen siendo custodios judicialmente reconocidos de los bienes muebles e inmuebles de la empresa. Eso incluye el edificio, las máquinas, las herramientas y la materia prima. Después de un año de ocupación, la fábrica permanece bajo resguardo de sus propios operarios, que organizan turnos, comidas, limpieza y actividades de difusión. El sector de encuadernación, según cuentan, podría volver a trabajar de forma inmediata. Las rotativas, en cambio, necesitarían una inversión inicial luego de doce meses de parate, aunque sostienen que están en condiciones de volver a funcionar.
El problema central, sin embargo, está afuera de las líneas de impresión. Rodríguez lo resume sin vueltas: “Este año que pasó, los 250 trabajadores tuvimos -y tenemos- que hacer malabares para subsistir económicamente. Mucha changa sobre todo”. En esa frase aparece el presente concreto del conflicto. La mayoría de los trabajadores ronda los 50 años y arrastra trayectorias laborales de más de tres décadas. “No se consigue casi nada por la edad y lo poco que hay, cuando hay algo, es por dos pesos y con condiciones de trabajo deplorables”, dice Sebastián.
“La política económica del gobierno nacional expulsa diariamente a más trabajadores del mercado laboral, lo que agrava la situación”, dice. Según el ministro de Economía bonaerense, Pablo López, entre noviembre de 2023 diciembre de 2025 cerraron 5.600 pymes con más de 140.000 despidos en territorio bonaerense. Además, según el ministro, tres de cada diez empresas que cerraron en la Argentina estaban radicadas en la provincia de Buenos Aires, en un escenario que los trabajadores vinculan de manera directa con las políticas nacionales del gobierno de Javier Milei.

Cómo sobreviven y qué hacen hoy los trabajadores de Morvillo
Hoy la rutina de Morvillo ya no está organizada por turnos de producción sino por guardias. Donde antes había rotativas activas y tareas encadenadas durante todo el día, ahora hay presencia obrera para custodiar, limpiar, cocinar, sostener el inmueble y mantener viva una causa que, para ellos, sigue abierta. Rodríguez destaca que la disciplina interna se mantuvo e incluso se reforzó. El vínculo entre compañeros, afirma, no se quebró con el cierre. Por el contrario, se consolidó después de un año de ocupación.
Ese lazo tiene una historia previa. Morvillo no era, según la descripción de sus propios trabajadores, un taller cualquiera. Sebastián repasa una experiencia sindical y laboral: “Hay que tener en cuenta que tuvimos mas de 21 años con asambleas, recorridas permanente de sectores, sin despidos, con salarios un 150 por ciento por encima del convenio, condiciones de trabajo superiores a la media de la industria”.
La cronología del conflicto empezó a escribirse la noche en que la empresa notificó por WhatsApp el cese de actividades. Hasta entonces, la planta venía funcionando, aunque ya atravesada por la crisis de un sector golpeado por la caída del consumo, el encarecimiento de insumos, la transformación tecnológica y principalmente la liberación de importaciones que hizo que sus clientes dejaran de comprar. Morvillo tenía 51 años de historia, ocupaba dos manzanas en Avellaneda, alcanzaba los 13.500 metros cuadrados de infraestructura y era una referencia en la impresión de folletos, revistas, fascículos y catálogos comerciales. Su dueño había sido incluso presidente de la Federación Argentina de la Industria Gráfica. Los trabajadores, sin embargo, sostienen que el cierre no fue solo la consecuencia de una crisis sectorial sino también una maniobra para evitar responsabilidades patronales.
“El patrón, cuando los números no le sirvieron bajó las persianas”, dice Sebastián. “Se retiró forrado en guita. El obrero se quedó sin su organizador social, sin el plato de comida de la familia, sin el sustento diario, sin su obra social. En la calle, sin un peso y con los achaques de más de 30 años (en promedio) de trabajo ¿Cómo no luchar contra eso?”.
En términos judiciales, la situación avanzó hacia un terreno que los trabajadores consideran desfavorable. “El proceso de la quiebra avanza, lógicamente, hacia el remate del patrimonio. Es una trampa para los trabajadores porque nos deja sin los puestos de trabajo y ni siquiera garantiza el cobro de las indemnizaciones que nos corresponden”, advierte Rodríguez. Pese a eso, los operarios intervienen en el expediente a través de su representación en el comité de control. Lo hacen, dice, para preservar intereses obreros “en un terreno siempre adverso para el trabajador”.

Mientras tanto, el cuidado material de la planta también abrió una trama particular. La electricidad sigue conectada y se paga con fondos de la quiebra. Hay una razón técnica detrás, basada en que las máquinas funcionan con tensión de 380 y, según relatan, una eventual baja a 220 no era posible porque en la zona solo existe servicio de 380. Los trabajadores también explican que la tensión sirve para preservar el cableado ante eventuales daños de ratas y que, además, la sindicatura la necesita para trabajar en oficinas y revisar servidores. Sobre ese punto, deslizan sospechas y aseguran que desde el cierre hay un problema con los servidores. Creen que alguien los boicoteó, porque nunca pudieron recuperar información vinculada a pagos a proveedores y otros datos sensibles.
El conflicto no se sostuvo solo con organización interna. La solidaridad externa, según Rodríguez, fue decisiva. “Desde el primer día de ocupación recibimos el apoyo incondicional del sindicalismo combativo, las organizaciones piqueteras, estudiantiles, vecinales, de jubilados. Fueron un sostén indispensable para nuestra lucha.” Esa red acompañó movilizaciones, fondos de lucha, actividades públicas y también la presencia cotidiana en la puerta de la fábrica. En paralelo, los trabajadores participaron de otras protestas, entre ellas marchas con la CGT contra la reforma laboral y distintas protestas. Sebastián lo enmarca en una tradición más larga: “Históricamente los gráficos de Morvillo participamos de la lucha del movimiento obrero. Nos identificamos como clase y actuamos en consecuencia bajo todos los gobiernos”.
Una alternativa para salir adelante
Con el paso de los meses, la pelea dejó de ser únicamente por salarios adeudados o indemnizaciones. Los trabajadores elaboraron una opción nwhyb HYbproductiva. A fines del año pasado presentaron en la Legislatura bonaerense un proyecto de ley de continuidad productiva a cargo del Estado. La propuesta apunta a que la planta pueda imprimir, por ejemplo, manuales escolares para los 135 municipios. “Estamos en condiciones de imprimir, por ejemplo, manuales escolares para los 135 municipios. Se defenderían así los puestos de trabajo e incluso sería más económico”, plantea Rodríguez. La iniciativa, de todos modos, no modificó hasta ahora el cuadro de fondo porque la planta sigue cerrada y las familias continúan subsistiendo como pueden: “Nosotros tenemos una idea que repetimos siempre, desde que nos organizamos en la planta: la lucha la podemos ganar, empatar o perder, pero si no luchamos perdemos seguro”.
La frase funciona, a la vez, como balance y como método para administrar el desgaste. Porque si algo dejó este año fue una convivencia prolongada entre la incertidumbre y la organización. Los trabajadores de Morvillo no recuperaron el empleo, no cobraron una salida definitiva y no obtuvieron una resolución política o judicial que cierre el conflicto. Pero siguen ahí, en una fábrica en silencio, sosteniendo un orden mínimo frente a la deserción patronal y a un contexto económico que, según denuncian, se volvió cada vez más hostil para la producción y el trabajo.
Fuente: Tiempo Argentino

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