Tren Urbano dialogó con Gustavo Veiga periodista de Página 12 sobre la quema de barbijos que un grupo de “Libertarios” y defensores de las libertades indivuales, terraplanistas y anticuarentenas, negacionistas que confluyeron en una demostración de que la inquisición es aún parte de nuestro presente.

Extracto de la nota publicada en la contratapa de Página 12

No hace falta graduarse con la tesis sobre el movimiento anticuarentena. Ni siquiera invocar el viejo pensamiento de Mao: Una sola chispa puede incendiar toda la pradera. Los sofistas y la prensa canalla –título de un libro de Eduardo Varela Cid de 1984-, suelen encargarse de la tarea. Ellos producen sentido con mucho menos. Les alcanza con la quema de unos pocos barbijos, las filmaciones caseras del hecho y la viralización de las imágenes junto al obelisco. Componen la situación con apenas un fósforo y la adrenalina incendiaria de un puñado de antisociales. Con ello pretenden seguir en acelerado descenso hacia el noveno círculo del infierno, el que estaba más cerca de Satanás en la Divina Comedia de Dante.

De Nerón a la actualidad, la humanidad hizo arder en llamas a ciudades enteras, millones de hectáreas de bosques, libros, banderas, viviendas y durante siglos a miles de personas. De Juana de Arco a Giordano Bruno la Iglesia mandó a la hoguera a cantidades ingentes de herejes por discutir las verdades reveladas de su teología. Ese era el sayo que les ponían en los tribunales de la Inquisición. Un pasaporte sin regreso hacia el patíbulo y con un paso previo por las mazmorras de Torquemada. Ahora se queman barbijos que salvan vidas. Una comprobación tan antigua que proviene del Renacimiento o antes – se usaban máscaras como las venecianas – porque de esa forma se creía evitar el contagio de distintas plagas. Las usaban los médicos cuando trataban a enfermos de la peste negra y tenían forma de pico de ave. Su utilización después se extendió a los carnavales en la ciudad de las góndolas donde se venden en muchos comercios.

Parece una insignificancia la quema de los barbijos al lado de organismos monstruosos como el Tribunal del Santo Oficio, pero no. La comparsa que exalta la Parca, les da la espalda a los muertos y contagiados en el sistema de salud que en la Argentina ya acumulaba unos 60 fallecidos entre médicos, enfermeros, camilleros, instrumentistas y administrativos el mes pasado. Los contagiados ya eran más de 17.000 a mediados de agosto. Un 6,7 por ciento del total de la población infectada en aquel momento.

Entre los afectados estuvo mi hijo mayor. Trabaja en un hospital público. Contrajo el virus igual que su pareja. Los dos son psicólogxs. Él pasó una semana aislado en un hotel centríco contratado por el gobierno de la ciudad de Buenos Aires con fiebre y tos seca. Le dieron mala comida. Contagiada, ella fue empujada a hacer un periplo por la ciudad como producto de la derivación desde un hospital público hacia un sanatorio de su obra social. Zafaron porque son jóvenes pero vivieron días de zozobra y preocupación. No merecen ellos ni cada trabajador de la Salud tanta desaprensión de estos provocadores que se mearían de miedo en una sala de terapia intensiva o de guardia junto a un paciente con respirador. La pregunta es: ¿Les cabe algo más que el extendido repudio social como se percibió en las redes? ¿O deberían – como corresponde – recibir alguna pena por propagar una enfermedad contagiosa?

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