Un crítico informe de la Fundación Pro Tejer reveló que la cadena de valor textil, indumentaria y calzado atraviesa el peor nivel de actividad de su historia por fuera de la pandemia, liderando la pérdida de empleo privado con el cierre de 874 empresas desde el inicio de la gestión libertaria.
La recesión inducida por el programa económico oficial continúa ensañándose con los motores de la industria manufacturera nacional. Según el último Boletín Económico Sectorial de la Fundación Pro Tejer, la cadena de valor textil, indumentaria, cuero y calzado experimentó en el primer cuatrimestre del año una parálisis sin precedentes, operando a apenas un 36,6% de su capacidad instalada. Este dato implica que, en términos prácticos, seis de cada diez máquinas en los establecimientos productivos del país permanecen apagadas, configurando el nivel de actividad más bajo de la historia para este período, exceptuando únicamente los meses de la estricta cuarentena por la pandemia de 2020.
La brutal parálisis de las fábricas textiles, cuya producción registró un desplome interanual del 23% en abril —cifra que se profundiza al 31% si se contrasta con los niveles de 2023—, ya dinamitó la estructura empresarial del sector. Desde diciembre de 2023, la cadena productiva sufrió la desaparición de 874 establecimientos fabriles, lo que representa una violenta caída del 14% en la cantidad de empresas operativas. Esta sangría de persianas bajas empujó al rubro textil y de la confección a liderar la caída del empleo asalariado registrado privado en todo el territorio nacional, desplazando incluso a la construcción en los índices de precarización laboral.
Un informe sobre la actualidad de la industria textil
El informe expone que el sector textil redujo su plantilla de trabajadores en un 20% en comparación con los registros de fines de 2023, lo que se traduce en la pérdida concreta de 24.097 puestos de trabajo directos. El drama social forma parte de un proceso de desindustrialización general que ya le costó más de 76.000 empleos directos al conjunto de la industria manufacturera local. Para sobrevivir en un escenario de asfixia por costos fijos elevados y pulverización del consumo interno, las empresas textiles se vieron forzadas a rematar sus stocks con una rentabilidad marcadamente negativa, lo que ubicó a la indumentaria con una suba interanual del 12%, muy por debajo del 33,2% de la inflación general.

En paralelo, el mercado interno asiste a una dinámica de sustitución comercial que favorece la destrucción del valor agregado local. Mientras las importaciones de insumos y materias primas (como hilados y fibras) cayeron un 19% en toneladas debido al freno de las hilanderías locales, las importaciones de productos terminados —ropa lista para vestir y confecciones— perforaron techos históricos en volumen, registrando incrementos del 73% y 45% respectivamente. El consumo que sobrevive a la crisis, resentido con una caída del 4% en las ventas de los shoppings, se está orientando mayoritariamente hacia bienes de origen extranjero promovidos por la apertura comercial de la Casa Rosada.
Las perspectivas de una reactivación a mediano plazo se encuentran completamente empañadas por el derrumbe de las inversiones en el sector, un indicador clave para sostener la competitividad de la industria. Las importaciones de bienes de capital y maquinaria pesada retrocedieron un 46% en los primeros cinco meses de 2026 frente al año anterior, sumando apenas 29 millones de dólares en el período. Desde Pro Tejer advirtieron que, de consolidarse esta tendencia en el segundo semestre, el año cerrará con una de las cifras de inversión tecnológica más bajas de la historia argentina, obturando cualquier horizonte de recuperación estructural para la mano de obra local.
Fuente: Tiempo Argentino

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