En el gobierno de los Hermanos Milei hay un empeño singular, que va mucho más allá de lo perverso, por destruir el sistema de producción de conocimiento del país. Alrededor de esta situación, que es vista con suma curiosidad desde otros países que siempre comprendieron a la Argentina como un bastión latinoamericano en materia de educación, cultura y ciencia de calidad, surgen todo tipo de búsquedas racionales para dar con una respuesta a lo que consideran inaudito.
Por Roberto Caballero / Página 12
Algunos carecen de información, por lo tanto encuentran una explicación posible en el carácter enajenado de la gestión libertaria, es decir, en la excentricidad de sus personajes. Conclusión: “Hacen esto porque están chiflados”. Al revés, otros que comparten algo, no todo, del mesianismo fiscal del FMI, bandera totémica del oficialismo, conceden que es un exceso, aunque en el fondo la ponderan como la exageración del alumno aplicado que se anticipa a hacer los trabajos prácticos que la severa profesora –digamos– de apellido Georgieva, todavía no pidió, pero que forman parte de un programa ineludible.
La verdad es que el gobierno redujo en dos años y medios a casi la mitad el presupuesto universitario. Destina en la actualidad apenas medio punto (0,5) del PIB al sistema. Incorpora, además, una inusitada faceta delictiva, porque incumple leyes de financiamiento que están vigentes. La infraestructura nacional (el hardware y el software) para la economía del conocimiento, clave del siglo XXI, hoy es una “saladita” más o menos formal, donde los salarios están (muy) por debajo de la línea de pobreza y no hay inversión.
Claro está, esta no es La Noche de los Bastones Largos, símbolo represivo del onganiato oscurantista. Aquella vez, la policía entró en cinco facultades para desalojar con violencia a profesores y estudiantes, en abierta violación de la autonomía universitaria. Pero el Excel salvaje de la motosierra, aplicado desde diciembre de 2023, obtiene resultados calcados: 1) El éxodo masivo del plantel docente, la “materia gris” del país, hacia otras latitudes o actividades; 2) La reducción de la investigación y el pensamiento crítico, generando condiciones para que sea el mercado y sus sesgos la única fuente de financiamiento posible, en el mejor de los casos.
Por contraste, da un poco de envidia lo que sucede en Brasil, porque Lula tiene a la firma la creación de la Universidad Federal Indígena (Unind), primera institución de este tipo en la historia del gigante suramericano. Comenzará a funcionar el año que viene y está destinada a atender los intereses de la población indígena, un sector sin oferta académica superior adaptada a su realidad cultural y lingüística. En la década del ‘50, Argentina producía aviones y Brasil no. ¿Cuántos años harán falta para tener una universidad así en nuestro país? Vaya a saber.
Entre la masiva concurrencia de la marcha del 12-5 aparecía un argumento repetido: hay que defender la universidad porque es la única institución que todavía asegura el derecho a la promoción social ascendente de las familias que viven de su trabajo. El viejo sueño del hijo doctor, ordenador de todo un imaginario que concibe a la “profesionalización” de la prole como una puerta de acceso a la clase media y sus consumos, tanto materiales como simbólicos, que le debe a la pluma de Florencio Sánchez un alegato inclusivo de inoxidable validez.
Sin embargo, este derecho hoy está siendo violado, y convendría no atribuirlo exclusivamente a la indolencia libertaria. Tal vez haya que indagar un poco más y descubrir que detrás de esta obstinación por el ajuste hay un plan ciento por ciento racional, y quizá esto ayude a pasar de la decepción por lo que no se entiende, a la comprensión de lo que pasa para, de verdad, poder cambiarlo.
Un modelo que concentra la renta nacional en cada vez menos manos como el de los Hermanos Milei, ¿necesita de la clase media o busca que los ricos sean cada vez más ricos, simplemente? Un gobierno que escandaliza por el grado de simbiosis alcanzado con los Estados Unidos y se desvive por ser proveedor neto de sus cadenas de suministros, ¿necesita producir conocimiento o importarlo ya hecho?
El analista internacional Federico Montero, en su artículo “De Trump y Xi Jinping a la marcha universitaria argentina”, publicado en Contraeditorial.com, plantea que hay que “entender que hoy la disputa global se desarrolla simultáneamente en tres niveles. El primero es la geopolítica clásica: territorio, mares, rutas comerciales, abastecimiento energético y control logístico. (…) El segundo nivel es la geopolítica industrial. Perón lo entendió tempranamente en el siglo XX. Y, paradójicamente, parte de esa lógica reaparece hoy en el propio trumpismo. No porque Trump sea ‘peronista’, sino porque la crisis de la globalización volvió a poner en el centro la necesidad de preservar capacidades industriales nacionales: aranceles, subsidios tecnológicos, relocalización manufacturera y guerra comercial forman parte de una nueva estrategia de soberanía industrial impulsada por Estados Unidos frente al ascenso chino”.
“Pero existe -–añade Montero– una tercera dimensión, probablemente la más decisiva: la geopolítica del conocimiento. Ahí se juega buena parte del verdadero trasfondo de la disputa hegemónica entre Estados Unidos y China. Ya no se trata solamente de comunicación o redes sociales. La inteligencia artificial, los semiconductores, la automatización, la computación avanzada y los datos se transformaron en recursos estratégicos para el desarrollo productivo, militar y tecnológico de las potencias (…) Por eso Silicon Valley dejó tempranamente de ser un ecosistema privado de innovación y comenzó a integrarse cada vez más al aparato estratégico norteamericano. Peter Thiel, Palantir, Elon Musk y las grandes tecnológicas ya forman parte de una nueva síntesis entre Big Tech, industria y seguridad nacional. El segundo Trump es su expresión política actual”.
La universidad pública, gratuita y de calidad es la piedra basal del sistema de producción de conocimiento e ideología en la Argentina. Un proyecto de país a largo plazo invertiría fuertemente en ella, como hacen Alemania, China y el resto de las naciones desarrolladas. Un proyecto dependiente, alineado con los Estados Unidos en la contienda global, reduce su horizonte a la producción primaria, sin valor agregado. Somos un territorio proveedor, donde los científicos desocupados, los profesores con salarios miserables, los becarios sin futuro, pasan a ser un comoditie más al servicio del desarrollo… de otras naciones.
Hay que preguntarse, entonces, qué tipo de universidad requiere una colonia o si realmente requiere de alguna para comprender este presente, entre convulso e infame.
Esto último, sobre todo.

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