Desde un día antes, los devotos del santo del trabajo y los pobres hicieron fila para poder rezarle y pedirle por el sustento diario. Luego vino la marcha hacia Plaza de Mayo y sus historias.
Por Flavio Rapisardi / Página 12
A las seis de la mañana el termómetro no llegaba a los cuatro grados, pero ya, desde un día antes, había una larga fila de fieles de San Cayetano esperando que el santuario abriera sus puertas. Un escenario y un cartel con la frase “San Cayetano, aquí tienes a tu pueblo” frente a la fachada. Miles de personas con camperas, bufandas y gorros de lana sacudían sus piernas en silencio o murmurando entre ellos, esperando pacientemente hasta que la puerta que tenía un dintel de lona que decía “Entrada lenta. Toca al Santo” se abriera. Valla de por medio, no había cola, pero sí un camino que llevaba a otra entrada: “Entrada rápida. No toca el santo”. Muy pocos usaron este atajo. La mayoría esperó pacientemente, como Raquel, una mujer de cuarenta y cinco años que, entre tristeza y esperanza, dijo que “Es la cuarta vez que vengo. Yo tuve trabajo fijo hasta el 2023 porque la fábrica en la que trabajaba cerró. En San Vicente. Cerró y nunca más conseguí trabajo, perdí mi obra social, pago alquiler. Tengo dos nenas que todavía estudian y vivimos con lo poco que gana mi marido y los trabajitos que fui consiguiendo en los que me pagan miseria. Fui cajera, atendí un negocio, cuidé viejitos, pero ahora no consigo nada hace un año” y los ojos se le ponen vidriosos mientras aprieta con fuerza una estampita del patrono del laburo. Pedidos y agradecimientos se repiten, pero con ellos historias distintas, pesares comunes y esperanzas compartidas en cada cuerpo y rostro que van despacio a tocar al Santo, a apoyarle una figurita, estatua, prenda de vestir. De manera ordenada y respetuosa, pasan por debajo del cartel para entrar al calor y allí estallan lágrimas, manos que se extienden, rodillas que reverencian mientras en la nave central se oficia misa y los confesionarios están abarrotados y hasta hay cola de fieles que quieren hablar con Dios.
Sobre la calle Cuzco se armó una romería ecléctica de puestitos, todos en fila y con distancia, ordenados, donde se venden estatuas de diversos tamaños, estampitas, pulseras, velas amarillas, inciensos y hasta zhōngguójié, esos nudos rojos trenzados chinos con amuletos budistas o shintoistas. Las espigas de trigo (o pan de la abundancia) son el artículo más buscado y se venden a montones: mil pesos cada uno. Los puestos compiten con los vendedores libres, especie de “arbolitos” de la fe, como Joana, una piba de 22 años de Isidro Casanova que es “vendedora de lo que venga. Hoy estoy acá, pero también vendo sanguches de milanesa a la salida de algunos partidos y domingos en parques. Nunca tuve un trabajo formal ni tampoco mis viejos.”
A medida que va pasando el tiempo, la calle del Santuario se convierte en una peatonal congestionada y se desborda. Cruzando la vía, cuando Cuzco corta avenida Rivadavia, comienzan a concentrarse “los cayetanos”: carteles de la UTEP, CCC, Frente Darío Santillán, CTEP, Movimiento Evita, PCR, Libres del Sur, Barrios de Pie, ATE y CTA Autónoma se despliegan detrás de un bote con ruedas de los Misioneros de Francisco que lleva en su proa una imagen sonriente del entonces Papa argentino. Inmediatamente detrás, un cartel llevado por mujeres trabajadoras con la histórica consigna “Paz, Pan, Tierra, Techo y Trabajo”. A ese grupo que comienza a congregarse llegan dirigentes como Juan Grabois, Gringo Castro, Leo Grosso, Daniel Catalano, Emilio Pérsico, entre otros. La llegada del arzobispo de Buenos Aires, Jorge Ignacio García Cuerva, remueve al grupo. Le piden fotos, besos y bendiciones que él da gustoso y campechano. La llegada del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, también sacude a los asistentes. Micrófono en mano, el arzobispo anuncia que va a bendecir “herramientas de trabajo” antes de comenzar la marcha que llevará hasta la Plaza de Mayo. En filas, mujeres y varones con palas, ollas, cucharones de cocina y máquinas de coser se acercan a García Cuerva, quien desde el micrófono retoma el lema que flamea frente al Santuario: “San Cayetano, aquí está tu pueblo” y pide interceda “por las preocupaciones, dolores y esperanzas del pueblo que cree, porque el trabajo da dignidad y nos convierte en protagonistas de nuestras vidas. Ver trabajadores es un signo de esperanza. Bien ahí por esas herramientas y esas manos que creen en el esfuerzo”. Y pide recordar al papa Francisco y trabajar “por una cultura del encuentro en la que nadie es desechable”.
Luego de la bendición, los grupos se encolumnan y se suman banderas y remeras identificatorias de grupos: Pibes del Pueblo, La Poderosa y la Mesa Ecuménica. Luis María Alman Bornes, de la Iglesia Evangélica Menonita, dice: “Nos sumamos no como un acto de piedad aislada, sino como acto de un pueblo que confía en que la fe se hace cuerpo en el pan compartido… caminamos no para pedir resignación, sino para sostener esperanza activa.”
Esperanza y fe no les faltan a los que marchan: varones y mujeres de sectores populares, de barriadas de Ezeiza, La Matanza, San Nicolás, La Plata, Avellaneda, Moreno, San Martín, Pilar, Quilmes y la Villa 31. Sandra de la Cooperativa Textil Mandarina de Sarandí cuenta: “Éramos veinte compañeras las que trabajábamos. Pero no podemos competir con TEMU ni con SHEIN. Nos reinventamos, comenzamos a hacer ropa de trabajo para mujeres y “productos sensoriales” para personas neurodivergentes (manta con peso para personas con TEA). Hasta sumamos profesionales de salud mental para que nos asesoren. Pero aun así, a pesar de reinventarnos y del apoyo del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires y del Municipio de Avellaneda, solo llegamos a pucherear.” Una camioneta de otra cooperativa que se convirtió en un perchero gigante del que cuelgan prendas, le da la razón a Sandra: tiene carteles pegados en sus costados: “Caputo, esta remera no es gringa, pero te quedaría linda”, “Caputo estafador, cerrá la importación” y “Defendamos la industria nacional”. Más industrialistas que la propia UIA.
Durante trece kilómetros los grupos caminaron sin grandes cantos, como en una procesión. De un grupo que llevaba en los hombros imágenes de la Virgen de Luján se improvisó un Ave María. Más atrás se insistió con “La Patria no se vende” y “Universidad de los trabajadores”. Pero se prefirió el silencio, la caminata entre diálogos, mates y sonrisas. Desde las veredas, comerciantes con sus locales vacíos salían a mirar la caminata y, al igual que los transeúntes ocasionales, filmaban con sus teléfonos. No hubo insultos ni agresiones. Algún bocinazo y hasta algún aplauso llegó de alguna de las pocas obras en construcción sobre la avenida Rivadavia.
Al llegar a Plaza Once, el show de “La Ley y el Orden” no se dejó esperar. Con la lógica de la espectacularización macrista, varias motos iban y venían. Ya en el Congreso, donde gran cantidad de columnas de las organizaciones que iniciaron la marcha se sumaron, la seguridad de Diputados dispuso un innecesario vallado sin darse cuenta de que compusieron un llamativo mural en el que se podían leer frases escritas por militantes en las miles de marchas: “Milei vende Patria”, “Patria sí, colonia no”, “Policía trucha”, “Milei es sangre”, entre tantas otras consignas que se convirtieron en el marco en que los peregrinos se abrazaron y continuaron su caminata hasta la Plaza de Mayo, a la que se llegó con el ánimo renovado de algún bombo y redoblante.
Fuente: Página 12

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