Del “pedo de buzo” económico a la cloaca institucional plasmada en sus redes sociales, el presidente consolida una obsesión escatológica que usa de insulto para tapar la falta de logros y licuar el debate público.
Por Marcelo Bianco
Hubo un tiempo en que la teoría económica se debatía entre curvas de oferta, multiplicadores keynesianos y agregados monetarios. Hoy, la disciplina parece haber mutado en una rama de la gastroenterología o, peor aún, en una fijación propia de la etapa anal del desarrollo freudiano: Milei convirtió a la materia fecal en su categoría estética, política y filosófica de cabecera.
Ya no se trata de un exabrupto aislado del presidente, sino de una metáfora institucionalizada. Su pobre andamiaje discursivo se apoya en el uso explícito de la palabra «mierda» y sus derivados, para clasificar la existencia ajena. Antes, supo ser más delicado: el peso argentino no era una moneda soberana debilitada sino un «excremento». Ahora, quienes disienten con sus dogmas económicos cargan -según sus recordadas palabras en la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC)- con «un habano de materia fecal en la cabeza»
La cuenta oficial en X del presidente demuestra que no estamos ante un brote estacional, sino frente a una matriz de pensamiento de origen (por suerte) desconocido. Este ejemplo es de marzo del 2020. Empezaba la pandemia y Milei no le hacía mal a nadie escribiendo tuits sentado en el inodoro de su departamento.
Meses más tarde, en noviembre del mismo año, el confinamiento por el Covid refinaba su prosa gástrica, al apuntar contra el diputado PRO Luciano Laspina y rematando con que «hasta la mierda Ladretta busca recitarla», en alusión al exjefe de Gobierno porteño.
Los militantes de teclado libertarios en general y el presidente en particular montaron una cloaca a cielo abierto en el corazón del lenguaje oficial. En su universo simbólico, la otredad es abyecta y desechable. Los diputados o senadores que osan modificar un inciso de sus leyes se transforman automáticamente en «soretes», y cualquier disidencia se reduce a un residuo orgánico que debe ser evacuado.
Incluso, sus actuales socios políticos pasaron por su tamiz fecal. En su momento, hubo tuit oloroso también para Fernando Iglesias, que hoy se caga de risa de todo en Bruselas, después de haber sido premiado en marzo por el gobierno nacional como embajador extraordinario y plenipotenciario de la Argentina ante la Unión Europea, el Reino de Bélgica y el Gran Ducado de Luxemburgo:
Mientras esperamos que la economía repunte como «pedo de buzo», nos acostumbramos a Milei redoblando la oferta escatológica contra los periodistas «mierdas ensobrados». El ejemplo más reciente ocurrió tras la publicación de una columna de Marcelo Bonelli en Clarín sobre supuestas internas por el rumbo del consumo. «Mierda humana mal cagada», «más sorete no se consigue»… Y así todo.
Hoy, la mitad de las pymes están constipadas por su programa económico; las industrias sufren retorcijones estomacales y bajan las persianas o despiden laburantes; los jubilados y los sectores vulnerables ya no tienen empacho ni diarrea porque comen poco. Pero el presidente está obsesionado con la mierda. La gravedad del asunto ya no radica únicamente en el decoro perdido. El verdadero peligro es que Milei termine siendo un absoluto e irreversible desecho y nos mande a todos a la oscura profundidad de un pozo ciego.

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