Los exámenes sirven para tomar la temperatura escolar. Y sí, es cierto, la escuela tiene un estado febril. Pero no ahora: hace mucho. Solo mirar resultados te hace dejar de ver las condiciones que los hicieron posibles, y allí es preciso intervenir.
Por: Gabriel Brener / Tiempo Argentino
Los resultados de PISA nos muestran enormes dificultades en el rendimiento de estudiantes de 15 años. Claro que es grave, pero es preciso decir dos cosas: que no nos sorprenden, porque hace poco fueron noticia los resultados de los operativos Aprender, de origen local, y algo aún más inquietante: que PISA no es la evaluación de todos los problemas de la educación.
Nos fue esta vez peor que en las anteriores. Bien vale explicitar dos cuestiones. Por un lado, que no soy afecto a sobrevalorar estos exámenes, ni cuando nos va mal ni cuando nos va no muy bien. Soy egresado de la UBA y jamás la valoré por cómo ranquea entre las universidades, porque solo mirar resultados te hace dejar de ver las condiciones que los hicieron posibles, y allí es preciso intervenir. Por otra parte, está bueno aclarar que se trata de una noticia que se torna espectáculo, lo cual complica su análisis serio, como amerita (porque digamos todo: los medios están en llamas, pero en 24 horas se olvidaron, casi todos). Espectacularización que contribuye a soldar esas ideas de catástrofe o de colapso educativo —en los 90 le llamaban la tragedia educativa—, y no porque no sea grave lo que ocurre, sino porque ya sabemos sobre lo mal que estamos; de lo que nadie habla seriamente es de lo que se debe hacer.
Ya sabemos sobre el malestar en torno a los resultados académicos, pero también sabemos del malestar en los salarios y condiciones de trabajo docente —el salario actual es el más bajo de los últimos 20 años, justo cuando se tomaba el primer examen PISA—. Y también sabemos sobre el malestar en las familias, en especial las más humildes, que ya no pueden alimentarse dignamente. O de tantas familias que deben sumar más trabajos porque el mes no llega al final del salario, o las que se endeudan para financiar alimentos, no vivienda, tecnología o vacaciones. Si el nivel educativo alcanzado por los padres es un factor decisivo en el rendimiento escolar de sus hijos —lo confirman hace años esas pruebas estandarizadas e investigaciones de diversa procedencia—, en estas condiciones, ¿cómo podemos pretender que esos adultos acompañen las trayectorias escolares de sus hijos? Y también sabemos del malestar creciente con los nuevos modos de estar en este mundo atragantado por la vertiginosidad y las pantallas, al ritmo de las redes y la IA: el consumo problemático digital, las deudas desde temprana edad, las apuestas, y las afectaciones en la salud mental de los adolescentes (es trágico, pero la muerte joven tiene entre sus principales causas el suicidio). Asuntos que entran a la escuela sin pedir permiso y suelen chocar con su tradición de la imprenta y cierta gramática cotidiana rígida y de cambios lentos. Ya sabemos mucho sobre estos malestares; lo que resulta imperioso es saber qué políticas de Estado se realizan, más allá de la gestión de cada gobierno, para que los chicos aprendan más y mejor.
Está demostrado —por PISA y por todos los sentidos comunes— que los chicos que mejor aprenden son quienes acceden a material de lectura en soporte escrito y tecnológico (se discontinuaron las entregas de libros y de tecnología). También que los grupos no tan numerosos son condición propicia para una mejor enseñanza y aprendizaje, y los distritos más ricos del país, como la ciudad en la que vivo, cierran escuelas y unifican grados, viendo allí solo una oportunidad de racionalización del gasto. Y especialmente se sabe que si la docencia está en el centro de las políticas educativas, lo más probable es que los docentes puedan enseñar mejor, ampliar sus horizontes cognoscitivos y culturales, y fortalecer los aprendizajes de los estudiantes. Y la formación docente en ejercicio como política de Estado no sucede: solo hay algunos cursos, enlatados y virtuales. Y el sueldo, el peor de las últimas dos décadas.
Más precisamente sobre PISA: a diferencia del Aprender, que es censal, PISA solo examina una muestra de estudiantes de 15 años de diversos países, y es la OCDE —algo así como una FIFA de los países más poderosos— quien elabora ese examen, con lo que considera que deben saber los chicos de esa edad, con independencia de lo que se enseña en cada uno de esos países. En tal sentido, es interesante saber que a un país le puede parecer clave un tema y a la OCDE no. Que un chico de 15 años pueda formarse en torno al tema de los noviazgos violentos, como prevención de la violencia de género e incluso de los femicidios, o cualquier otro tópico de educación sexual integral, es un ejemplo. Podemos encontrar otros en temas transversales, como educación ambiental, y también infinidad de ejemplos en cada una de las disciplinas escolares.

También hay que aclarar que se trata de un solo examen, lo cual no le resta valor, pero es preciso señalar que se está midiendo, a través de un instante, toda una trayectoria de un estudiante. Es una foto, no la película. No quiero con esto anular su importancia, sino aclarar que una evaluación debe contemplar tanto el resultado final como el proceso que lo hizo posible: eso le confiere solvencia y rigor como prueba. Así como lo que se evalúa debe tener cierta coherencia con lo que se enseña, y eso, en este caso, no ocurre entre PISA y muchos países o Estados (lo explicaba antes, con el ejemplo).
PISA y Aprender son diversos modos de tomar la temperatura escolar. Y sí, es cierto, la escuela tiene un estado febril. Pero no ahora: hace mucho. Hay algo del declive de la escuela como institución educativa, algo de su potencia inaugural que está en baja. Pero también cambió el texto y su contexto. Su sólido matrimonio con la sociedad durante años, incluso con las familias, está bajo escrutinio, atraviesa una zona de turbulencias hace rato. La escuela ya no tiene el monopolio de la transmisión del saber; nos guste o no, también están Twitter, Instagram y la IA generativa. Todos somos parte de estos nuevos escenarios en los que crecen y aprenden las nuevas generaciones. Aquella vieja escuela se templó al calor del taylorfordismo de un capitalismo industrial en apogeo. En estos días lo que comanda es un capitalismo financiero en el que las vidas son tan volátiles como la bolsa de valores, un capitalismo de plataformas, y estamos asistiendo a un proceso cada vez más creciente de uberización social —también educativa— en el que muchos quedan al margen y se naturaliza el descarte. Allí pierden los más pobres, los más viejos, y se sacraliza al mercado como único árbitro social. Y se demoniza al Estado, haciéndolo responsable de todos los males.
Hay algo que podemos afirmar sobre PISA, Aprender y demás exámenes estandarizados: existe una correlación muy fuerte entre origen económico-social y rendimiento escolar. Con más y con menos, los resultados confirman esa coincidencia hace muchos años. Por tanto, si las desigualdades sociales se transmutan en desigualdades escolares —y estos resultados lo confirman en forma constante—, entonces la clave debe estar en las políticas educativas, no en quedarse lamentando los exámenes, que permitan mejorar las condiciones materiales de docentes y estudiantes y fortalecer la enseñanza: allí reside la potencia para generar algún cambio.
Adelgazar o extinguir al Estado, desplazarlo de su condición de principalidad —tal como enuncia el proyecto de ley de «libertad» educativa de quienes gobiernan, y como lo han puesto en práctica hace dos años y medio— solo va a empeorar la vida en las escuelas y a aumentar el malestar de docentes, estudiantes y familias, en una relación inversamente proporcional a los resultados de cualquier prueba estandarizada.

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