Con presencia de otras Madres y Estela Carlotto, un aluvión brinda su amor y recuerda a Taty en su velorio. Representantes gremiales, políticos y culturales, entre otros, le dan su adiós.
Por: Federico Amigo /Tiempo Argentino
La fila para despedir a Taty Almeida gira por la calle General Urquiza y llega hasta Rivadavia. El verde de la valla montada sobre el ingreso al sindicato de Foetra casi no se divisa: lo que aparece al frente son los pañuelos blancos, el símbolo histórico que se unió a la defensa de Memoria, Verdad y Justicia. Cerca de las 17:30, llega Estela de Carlotto y la multitud canta. “Adonde vayan los iremos a buscar”, se escucha sobre Hipólito Yrigoyen al 3200. Adentro está Fabiana, la hija de Taty, también Buscarita Roa, Iris Avellaneda y Clara Weinstein.

“¿Alguien quiere mate cocido?”, ofrecen unos compañeros con la pechera de Foetra -Taty quería que la despidan en un sindicato- a lo largo de la fila. “Madres de la Plaza, el pueblo los abraza”, vuelve a sonar entre la gente. Minutos antes de las 18, distintas personas toman la palabra desde adentro del gremio. “Ella trabajó para que las próximas generaciones tomen la posta y esa es ahora la tarea”, se escucha afuera, desde el altoparlante.
Hay caras de tristeza en las inmediaciones de Foetra. Pero hay pocos llantos, casi como un homenaje a Taty y esa fortaleza con la que emprendió la lucha cotidiana. Sobre la calle, se mezclan las banderas de fútbol, las pecheras de distintos gremios y los mates para hacer frente al frío.

Hay, también, amplitud generacional: hijos e hijas con su familia, pibas y pibes Sub-30 y muchas personas que no pasan los 50 años. Son las y los que crecieron escuchando la pelea de las Madres y Abuelas, su convicción para pedir justicia y convertir el horror de la dictadura cívico-militar en delitos de lesa humanidad con sus responsables -o parte de ellos- en la cárcel.
Pablo Grillo pertenece a ese universo que nació después del golpe. Con un gorrito de lana de Independiente y la compañía inseparable de su viejo Fabián, el reportero gráfico se suma a la despedida para unir todas las luchas, las de ayer y las de hoy. Adentro, el fotógrafo se encontrará con el féretro protegido por el pañuelo de Taty, pines de todos los conflictos en los que estuvo y el libro sobre Alejandro, su hijo secuestrado por la Triple A un 17 de junio de 1975. Faltan dos días para que se cumplan 51 años de su desaparición.

El hall del sindicato es una pasarela interminable de militantes, sindicalistas, referentes políticos y culturales, entre otros. También hay un momento musical a cargo de la Escuela Popular de Música de la sede de Madres en la ex Esma. Al lado de las guitarras, la trompeta y el cajón peruano, está Taty en una foto: una inmensa sonrisa y su pañuelo. «No puedo ver tanta mentira organizada», se escucha. Es la Marcha de la Bronca, de Miguel Cantilo, una de las canciones preferidas de la presidenta de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora.
“Taty vive en el pueblo”, suena una y otra vez. Cae la noche y el frío aumenta, pero el aluvión es incesante. La gente sigue llegando. Se multiplican los abrazos, los saludos y los recuerdos. La fila todavía serpentea por Rivadavia. La memoria está viva.




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