La conclusión surge de un estudio sobre datos oficiales de préstamos personales en bancos. “Es un modelo que degrada el trabajo y debilita los ingresos”, concluyen

Por Mara Pedrazzoli / Página 12

Los indicadores de mora empezaron a mostrar picos que no se veían en casi dos décadas, especialmente en el segmento de préstamos a personas. Según datos del Banco Central procesados por el Instituto Argentina Grande (IAG), las mayores dificultades de pago se concentran en los hogares con menor capacidad económica, es decir, aquellos para los cuales incluso deudas relativamente pequeñas representan una carga significativa en relación con sus ingresos. En el primer decil de deudores —que agrupa al 10 por ciento de los préstamos de menor monto, entre 25.000 y 83.000 pesos— la morosidad alcanzó al 35,2 por ciento de las personas. El segundo decil, integrado por quienes adeudan hasta 206.000 pesos, exhibe un nivel de incumplimiento prácticamente idéntico, del 35,3 por ciento.

En estos sectores, el crédito suele destinarse a cubrir consumos esenciales y también es frecuente que los nuevos préstamos se utilicen para cancelar deudas previas: tomar un crédito bancario para saldar el saldo de una tarjeta o recurrir a una fintech para afrontar cuotas vencidas con una entidad financiera tradicional. La refinanciación permanente de deudas se ha convertido en una práctica cada vez más habitual entre hogares cuyos ingresos ya no alcanzan para cubrir los gastos corrientes.

Esa es la situación que describe Ana, vecina de Lobos. “Hace mucho que no uso la tarjeta, pero la deuda sigue ahí. Tengo gastos corrientes, algunas cuotas fijas, un plan de refinanciación de una tarjeta anterior y un préstamo que saqué para comprar una moto. Todos los meses pago el mínimo, pero eso ya se lleva una parte muy importante de mi sueldo. La deuda no aumenta, pero tampoco baja, y cada vez se hace más difícil sostenerla. Estoy evaluando pedir un préstamo al banco para cancelar todo de una vez o recurrir a un familiar para salir de esta situación”, relató a este diario.

Para Hernán Herrera, coordinador del área de Economía del IAG, este fenómeno no puede interpretarse como un problema de educación financiera o de decisiones individuales. “Lo que estamos viendo no es algo circunstancial, sino una consecuencia del modelo económico del Gobierno, que degrada el trabajo y debilita los ingresos. La mejor política social es un modelo económico que impulse la producción y mejore los salarios; exactamente lo contrario de lo que ocurre hoy”, sostiene.

Siguiendo con la información del Instituto, el tercer decil de deudores —que comprende préstamos de entre 206.001 y 422.000 pesos— la morosidad alcanza al 27,6 por ciento de la cartera. El nivel de incumplimiento se mantiene elevado también en el cuarto decil, integrado por quienes adeudan hasta 732.000 pesos, donde la irregularidad se ubica en el 25,5 por ciento. Aunque la mora comienza a descender respecto de los segmentos de menor monto, continúa en niveles siempre superiores al 22 por ciento.

Los datos sugieren que el actual ciclo de endeudamiento está lejos de responder a una dinámica virtuosa asociada al financiamiento de gastos extraordinarios, como la compra de bienes durables, reformas en el hogar o viajes. Por el contrario, el crédito aparece cada vez más vinculado a la necesidad de sostener consumos corrientes y compensar ingresos insuficientes para llegar a fin de mes. En muchos casos, además, esa estrategia tampoco resuelve el problema de fondo, ya que los nuevos préstamos se utilizan para cancelar deudas previas, alimentando una dinámica de endeudamiento acumulativo.

De acuerdo con los datos del Banco Central, la morosidad de las personas alcanzó en marzo el 11,5 por ciento de la cartera crediticia: uno de los registros más elevados de las últimas dos décadas. El indicador acumula varios meses consecutivos de deterioro y ya supera ampliamente los niveles observados durante la pandemia.

Esta tendencia afecta también a la morosidad empresaria, aunque considerablemente más baja, se ubicó en 3,1 por ciento y prácticamente se triplicó en el último año. El fenómeno da cuenta de una economía donde las dificultades para generar ingresos y sostener la actividad comienzan a reflejarse en las finanzas cotidianas.

Las mayores dificultades para pagar deudas se concentran en los créditos más pequeños. Una de cada tres personas que adeuda préstamos de bajo monto está en morosidad de pagos. Los datos del Banco Central muestran que el incumplimiento se concentra en deudas de entre 25.000 y 206.000 pesos, tomadas principalmente por hogares de bajos ingresos y con escaso acceso a fuentes de financiamiento. Lejos de destinarse a consumos extraordinarios, estos créditos suelen utilizarse para cubrir gastos esenciales (alimentos, medicamentos, servicios públicos o alquileres), lo que revela que la crisis de ingresos golpea con mayor intensidad a quienes ya se encuentran en una situación vulnerable.

Sus efectos se concentran especialmente en los sectores de menores recursos, que son los primeros en agotar sus márgenes de financiamiento y los que enfrentan mayores dificultades para sostener el consumo cotidiano.

Estos hogares destinan prácticamente la totalidad de sus ingresos a cubrir necesidades básicas como alimentos, medicamentos, alquileres y servicios públicos. Cuando el costo de vida aumenta y el mercado laboral se deteriora —tanto por la pérdida de empleo formal como por la caída de la actividad informal— desaparece cualquier margen para afrontar cuotas o cancelar deudas acumuladas.

Comenta sobre esta publicación

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *