Tras el inesperado triunfo de Flávio Bolsonaro en la primera vuelta impulsado por la red territorial evangélica y el desencanto en los conurbanos, Lula da Silva se enfrenta al desafío de articular una estrategia de precisión quirúrgica para dar vuelta la elección en el balotaje del 25 de octubre.
Por Ricardo Romero /Tiempo Argentino
Las urnas electrónicas brasileñas volvieron a restallar con la fuerza de un terremoto político que pocos supieron anticipar. Contra todo pronóstico de las encuestadoras, que dibujaban un escenario favorable o incluso triunfal para el oficialismo, la primera vuelta electoral dejó un tablero alterado y cargado de incertidumbres. Flávio Bolsonaro, el heredero directo del entramado político de su padre Jair, dio el gran golpe de la jornada al ubicarse en el primer lugar y Lula quedó relegado al segundo puesto.
El resultado provocó un cimbronazo inmediato en las usinas del Partido dos Trabalhadores y la coalición oficialista. Aunque la existencia de un balotaje era un escenario totalmente esperado en el marco de un país profundamente polarizado, la fotografía final invierte los objetivos a seguir. La gran pregunta que sobrevuela hoy en Brasilia es qué sucedió en las entrañas del electorado para que la derecha volviera a exhibir semejante desempeño en las urnas. Y la segunda, imprescindible para la continuidad del proyecto oficialista, es cómo revertir la elección y si alcanzará el tiempo para lograrlo.
Para comprender el resultado del primer turno hay que mirar en las capas profundas de los conurbanos electorales. Más allá de las fidelidades duras del PT y del bolsonarismo, existía un porcentaje significativo de votantes que expresaba un rechazo explícito tanto a la figura de Bolsonaro como a la de Lula. Era el universo heterogéneo de los electores «ni-ni», que no se vieron atraídos por esta opción polarizada del sistema político tradicional.
Era un caudal electoral indeciso en las encuestas al que, en el tramo final de la campaña, una fuerza organizada terminó volcando la balanza de manera decisiva hacia la candidatura derechista. El sector eclesiástico y los líderes de las grandes congregaciones evangélicas jugaron un papel preponderante en la movilización de bases territoriales. Con una narrativa que, durante los últimos días, se centró en la defensa de los valores tradicionales y una feroz crítica moral al gobierno actual, las cúpulas evangélicas llamaron de manera masiva a votar por Bolsonaro. Esa red territorial, diseminada en las profundidades de Brasil, funcionó como un motor silencioso pero implacable, capaz de convertir la apatía o la duda de millones de creentes en un sufragio efectivo a favor del candidato del Partido Liberal.
Con el escenario del balotaje ya instalado, las primeras proyecciones demoscópicas muestran una contienda sumamente ajustada. Datafolha, en su primer relevamiento, muestra la proyección del primer turno ubicando a Bolsonaro con un 52 frente a un 48 % de Lula, un escenario similar a otros balotajes que enfrentó el PT, con la salvedad de que ahora lo enfrenta desde el segundo lugar.
De hecho, otros sondeos muestran un escenario mucho más parejo, donde el margen es un empate milimétrico que da un haz de luz para que la esperanza venza al miedo. Incluso la encuesta de Voz Brasil, que fue la que vaticinó el resultado de primera vuelta que sostenía un 48,2% para el PL y un 45,2 % para el PT, publicó una encuesta donde se invierte el resultado con un 50,86% para el actual presidente y un 49,14% por el hijo de Jair Bolsonaro.
Será una elección que se definirá voto a voto. Y que la clave para revertir el resultado no reside únicamente en ampliar el núcleo duro de apoyo, sino en pescar votos en los estanques donde el oficialismo perdió tracción.
Para virar (dar vuelta) la elección, el equipo de campaña de Lula se enfrenta al desafío de diseñar un esquema táctico y una estrategia que requieren de una precisión quirúrgica en tres frentes electorales simultáneos:
Recuperar la territorialidad histórica en el Nordeste: si bien sigue siendo el bastión insoslayable, ha sufrido un retroceso e incluso victorias opositoras en distritos clave como Minas Gerais y Tocantins, perdiendo un caudal de votos que en parte migró a la oposición. Recuperar a ese electorado es el terreno más favorable para la remontada.
Seducir a los ni-ni: otro terreno fértil son los 33 millones que no fueron a votar en la primera vuelta, quienes, sumados a los votos en blanco y nulos, conforman el universo más representativo del electorado desencantado cuya abstención hoy favorece a Flávio Bolsonaro. Sacarlos de su apatía política y generar diferencias claras a favor del gobierno es un gran desafío para el PT, que deberá encontrar una propuesta sustentable para sumar volumen numérico y dar el batacazo.
Sumar votos por la derecha: sin duda, lo más complejo de la ecuación. Hay unos 9 millones de votos que optaron por opciones de centro-derecha y derecha que quedaron fuera de la contienda. Aunque los tres candidatos alternativos de ese espectro y sus cúpulas partidarias ya hicieron un llamado explícito a favor de Bolsonaro para la segunda vuelta, los estudios de opinión infieren que su base electoral no responde de modo automático ni disciplinado. Es una fisura entre la dirigencia y sus votantes donde el PT intenta sembrar la duda y cosechar apoyos, apostando a que el extremismo manifiesto de Bolsonaro espante al sector republicano del electorado.
Si Lula logra recuperar terreno electoral en los votos perdidos, convencer a los indecisos y persuadir a un sector moderado de que su propuesta garantiza mayor estabilidad institucional y contención social que la opción bolsonarista, ese trasvase de votos independientes podría convertirse en el factor determinante que incline la balanza y le permita dar el zarpazo final en la noche del balotaje del próximo 25 de octubre.
