En TikTok circula una forma de nostalgia nunca antes vista: adolescentes crean actrices ficticias con inteligencia artificial, les inventan carreras, les fabrican recuerdos. El caso Brooke Sullivan abre una pregunta que incomoda: ¿qué ocurre cuando ya no se falsifican imágenes sino la memoria misma?


Brooke Sullivan es una actriz generada con inteligencia artificial, creada por la cuenta de TikTok @ssoftblooms a mediados de mayo de 2026. Su primer video mostraba una compilación de escenas generadas por IA de una serie adolescente de los años 2000 que nunca llegó a emitirse, con el epígrafe: “POV: ibas a ser la próxima gran actriz de los 2000 hasta que tu programa fue cancelado justo antes de salir al aire.” El video se hizo viral y después vino otro y más.

Así, esta cuenta publica videos sobre el supuesto potencial desperdiciado de la actriz ficticia a causa de su representante, que acumularon más de 5,4 millones de reproducciones y 600 mil likes en pocas semanas. Además, compilaciones de imágenes de Sullivan en distintas entrevistas y apariciones en medios. Las creadoras producen convincentes entrevistas falsas de época, clips de series que nunca existieron y todo un “lore” de carrera que millones de personas consumen como si hubiera ocurrido de verdad.

Los comentarios bajo los videos revelan que muchas usuarias de TikTok no sabían que Brooke Sullivan no es una actriz real, sino una creación completamente ficticia y Brooke Sullivan no es un caso aislado. En 2025 ya había circulado por TikTok un fenómeno similar con Tilly Norwood, otra actriz generada por IA. Tilly fue creada por Xicoia, la división de IA de la productora Particle6, con la declarada intención de convertirla en “la próxima Scarlett Johansson”. En ese caso, sin embargo, había una empresa detrás con intereses comerciales explícitos.

La investigadora Safiya Noble ya advirtió, cuando surgió Tilly Norwood, que estas figuras son una continuación de las distorsiones que los medios sociales operan sobre la percepción del propio cuerpo. Brooke Sullivan no es una excepción: es la versión más eficiente de esa distorsión. Con Brooke Sullivan, el fenómeno mutó: son adolescentes y jóvenes las que, de manera espontánea y creativa, fabrican personas que nunca existieron para habitar un tiempo que no vivieron ni vivirán.

Un universo reciclado

Los personajes que circulan bajo esta tendencia son, casi sin excepción, mujeres jóvenes, rubias, caucásicas, con la estética específica de las series adolescentes norteamericanas de principios del 2000Dawson’s CreekSmallvilleBuffyOne Tree HillLos clips imitan el registro visual y narrativo de esas producciones, con Brooke siendo descartada para roles o mostrando escenas de una juventud que envejece al revés, mezclando nostalgia y el aura de los “medios perdidos” que engaña a las espectadoras y las lleva a buscarla en Google.

Algunas publicaciones incluso sugieren que Sullivan fue considerada “demasiado bonita” para ser tomada en serio, razón por la cual su carrera habría sido saboteada. La narrativa, siempre, tiene el mismo arco: el talento traicionado por una industria cruel, la estrella que pudo haber sido. Es el relato más viejo del espectáculo, ahora generado por algoritmos.

El universo no se limita a las “actuaciones”. Hay entrevistas en set, imágenes de alfombras rojas, compilaciones de “momentos” de una carrera entera. Una vida pública construida en detalle, con continuidad y coherencia interna, para una persona que nunca respiró.

Anemoia: cuando la nostalgia no tiene dueño

Podemos encontrar en el vocabulario de la psicología y la teoría cultural el entendimiento de este fenómeno. El término “anemoia” se usa para describir la nostalgia por un tiempo que nunca se conoció: les Gen Z consumen la cultura de los 2000 a través de películas, series y música, idealizando y romantizando la década, conectándose con una versión del pasado que se siente más auténtica y menos complicada que su presente.

Esa década dorada que se inventa y se añora fue también la época en que Ellen DeGeneres perdió su programa por salir del clóset, en que la visibilidad LGBTIQ en pantalla era o invisibilidad o chiste, en que ser lesbiana en una serie adolescente era, en el mejor de los casos, un episodio especial.

Aunque la nostalgia tradicional parte de la experiencia personal, la Generación Z ha crecido rodeada de contenido de otras épocas, disponible las 24 horas. YouTube, TikTok o Tumblr funcionan como archivos vivos de décadas anteriores. El pasado es navegable, editable y apropiable. Eso cambia las reglas: ya no hace falta haber estado ahí para conectar con eso. Basta con haberlo visto en bucle, haberlo remezclado, haberlo convertido en estética y lenguaje actual.

A esta anemoia se le suma lo que el crítico musical Simon Reynolds llamó retromanía: la tendencia de la cultura contemporánea a reciclar incesantemente sus propios archivos, incapaz de imaginar algo radicalmente nuevo. Como señalan investigadores argentinos de la Universidad Nacional de Quilmes, “es la primera vez que somos nostálgicos de un momento histórico que se proponía como el futuro para quienes nacimos antes de los 2000. Una de las novedades de la nostalgia contemporánea es que añora un pasado que se proponía como futuro”.

Fabricar memoria colectiva es siempre un acto político: define quién merece ser recordado, quién tuvo una carrera, quién existió. Las identidades que la industria cultural borró históricamente no reaparecen en estos videos —la IA no las repone porque nunca las procesó—.

Las actrices que estas jóvenes inventan pertenecen a una época en la que los íconos pop como Britney Spears habían alcanzado su punto de esplendor máximo, en que la industria cultural parecía cosechar adeptos y fortunas con éxtasis obsceno. Allí se ubican los sueños y los modelos a seguir de una nueva generación que no vivió aquello, que nunca lo vivirá, pero que no puede imaginarse otros horizontes. La inteligencia artificial les ofrece, entonces, un atajo a un paraíso que no les pertenece.

Lo que la IA fabrica (y lo que nunca podrá fabricar)

Un estudio presentado en 2025 en la conferencia Conference on Human Factors in Computing Systems concluyó que los medios visuales generados con IA pueden implantar recuerdos falsos y distorsionar la memoria. Los resultados mostraron que los videos generados por IA de imágenes ya editadas por IA tuvieron el efecto más fuerte sobre la formación de memorias falsas: más del doble que el grupo de control. La confianza en esos recuerdos fabricados también fue la más alta de todos los grupos evaluados.

El mecanismo es el mismo que opera en TikTok con Brooke Sullivan, pero en escala masiva y sin advertencia. Esta manipulación de la memoria compartida tiene el potencial de polarizar creencias sociales y exacerbar divisiones existentes, especialmente cuando se difunde ampliamente en plataformas de redes sociales.

¿Qué pasa cuando una generación construye sus modelos de identificación a partir de figuras que no existen —fabricadas por una tecnología que sólo puede operar con materiales del pasado—? El horizonte de lo posible se achica de maneras difíciles de ver, afectando claramente a grupos marginalizados o vulnerables. La inteligencia artificial, impuesta como el horizonte inevitable de nuestro futuro, no deja de ser una máquina alimentada de pasado. Esos horizontes que la IA fabrica son, en el fondo, el mismo horizonte de siempre: más estrecho, más pulido, más rentable.

Una tecnología entrenada en el archivo del pasado tiende, naturalmente, a normalizar lo que ese pasado normalizó. El género binario, la feminidad hegemónica, la heterosexualidad como default: la IA no los cuestiona porque no fue entrenada para hacerlo. Los reproduce con la eficiencia de quien no sabe que está eligiendo. Lo nuevo, lo que ningún modelo entrenado puede producir, sigue siendo la única apuesta que vale. Y eso, todavía, queda en nosotres construirlo.

Fuente: Página 12

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