En la última función de gala del mejor jugador de la historia del fútbol argentino, Argentina le ganó a Benín 3 a 0 y Lionel Messi marcó un gol de penal. Fue una noche de alegrías, tristeza, sonrisas y lágrimas. “Es el día más triste de mi carrera porque le digo adiós a la selección”, dijo con mucha emoción.
Eran las 19.40. Se lo esperaba con ansiedad. Había un cosquilleo muy especial en todos. La mezcla de alegría por verlo, se mezclaba con la tristeza de ser la última vez que aparecería en escena con la celeste y blanca y la cinta de capitán. Messi ingresó a esa hora y el estadio, que ya estaba en un ciento por ciento, explotó. “Vení, vení, cantá conmigo, que un amigo vas a encontrar, que de la mano, de Leo Messi, todos la vuelta vamos a dar…”, atronó en un Monumental ávido por verlo y gozarlo por última vez.


Mientras tanto, había un partido. Y el partido era lo que sorprendía, porque Argentina se encontró con un rival que inesperadamente le jugó de igual a igual, que mostró un trato más que respetable de la pelota, orden defensivo y mucha capacidad para pasar rápidamente de posición defensiva a contragolpear. Argentina tuvo más la pelota pero no mucho más que Benín. Y Messi tuvo dos situaciones para que su fiesta empiece a ser completa. En una, se estiró y alcanzó a cachetear una pelota estupenda que le puso De Paul desde la derecha. En la otra, el que lo habilitó brillantemente fue Lautaro Martínez, pero le erró al arco el “10”.
De todos modos, el 0 a 0 estaba bien, se justificaba porque ese mínimo predominio de Argentina no alcanzaba para justificar otro resultado. El equipo parecía, por momentos, conmocionado, pensando demasiado en el lucimiento del “10”. No estaba mal, porque era su fiesta. Pero eso también lo llevó a no aprovechar mejor otras alternativas de juego y de ataque, como para que el resultado cambie y el empate se quiebre.

Por lo que hacía Benín (bastante más de lo esperado) y lo que le costaba a Argentina, el partido se dio en un marco de paridad que contrastó con la lógica y con cualquier tipo de especulación previa, sobre todo por lo vivido el sábado a la noche en este mismo escenario, en ese papelón hecho partido de fútbol que fue el choque con Burkina Faso.
Empezaron a llegar los goles, pero faltaba el de él. Primero fue Otamendi (ovacionado desde los cuatro costados) con centro de Messi; luego, un zurdazo implacable y lleno de calidad de Nicolás Paz (otro que cada vez que entra, lo hace muy bien) y un clarísimo penal a Giay, le dio a Messi la posibilidad de convertir el gol que el fútbol le debía en su jubileo: remate alto, el grito ensordecedor que atronó en el Monumental y un festejo que todos esperábamos y que no había ninguna posibilidad de que no se diera en su noche.
La última pelota que tocó fue un tiro libre que pateó arriba. El árbitro le pidió la pelota al arquero, se la dio al “10” y pitó el final. Y el momento menos deseado llegó. El día menos pensado, el del inicio de una nueva era a la que nos debemos acostumbrar. Los corazones comenzaron a latir, el juego de drones en el cielo llenó los ojos de los 86.000 espectadores que colmó el Monumental y las lágrimas brotaron, espontáneamente, de los ojos de todos.
Así, llorosos, la gente empezó a gritar el “Messi no se va…”, nadie se movía de ese Monumental que, entre insultos al presidente de la Afa y aplausos emocionados para Messi, se iba consumiendo y nadie quería que se terminara, como queriendo detener lo que ya era una cosa juzgada.
La Sole comenzó a cantarle ese tema tan emotivo y, mientras tanto, él miraba y contemplaba en silencio. Por su cabeza y su corazón transitaban mil recuerdos. Desde su Rosario natal, pasando por aquel viaje en compañía de su papá a Barcelona, lejos de su barrio, de sus amiguitos y de sus afectos. El pequeño Leo tenía apenas 12 años, se hacía fuerte y soñaba con volver algún día a su país para ponerse la camiseta celeste y blanca que eligió y a la que honró como nadie.
“Por otra noche como esta doy mi vida…”, le cantó la Sole. Hoy su papá ya no está a su lado, lo acompañó casi hasta el final. Desde el cielo habrá estado observando a ese pequeño al que llevó a Barcelona para curarlo en salud y lanzarlo a la fama, dándonos a todos los argentinos el regalo más grande. “Jugar en la selección argentina es lo más lindo que hay”, dijo él, emocionado. Soltó lágrimas… Y lloramos todos. Hiciste feliz a todo un pueblo como nunca lo habrás imaginado. Chau Leo, misión cumplida. Nada más que decir ni que pedirte. Lo diste todo.
Fuente: El Litoral
