La vuelta a clases incita a repensar en la educación. El mito del fracaso total. La gratuidad en todos los niveles. Los logros que se consolidaron, desde Sarmiento hasta gobiernos populares democráticos. Las luchas del sindicalismo docente. La crisis general, agravada por la pandemia. Educación para todos versus ideología de la globalización: un debate necesario.

Por Mario Wainfeld/Página 12

“Donde hay una escuela está la Patria”. Si la sonora consigna del activismo docente fuera verídica (claro que sí) la Patria se expande por todos los confines del país, con sus edificios, sus comunidades, sus rutinas cotidianas, su bandera flameando. Al comienzo del ciclo lectivo, segmentado como casi todo en esta etapa, vale la pena echar un vistazo sobre el sistema educativo nacional, usualmente vilipendiado. Sus crisis acumulativas e innegables a menudo no dejan ver el bosque que merece ser citado y elogiado, por una vez entre tantas diatribas y simplismos, casi nunca inocentes de sentido.

En la Argentina la educación es un derecho de acceso gratuito para toda la población, con un sesgo igualitarista. En un libro notable (“La escuela bajo sospecha”) que proveerá citas e inspiración para esta columna el sociólogo especializado Emilio Tenti Fanfani contabiliza que hay universidades en todas las provincias y en muchas ciudades conurbanas de rango.

Las ampliaciones del número de alumnos (y la consiguiente diversificación social) son constantes. También se expanden los años de obligatoriedad. La ley de Educación 26.026 en la presidencia de Néstor Kirchner las llevó de 10 a 13 años. Al finalizar el segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner se hizo obligatoria la “sala de 4” elevando el número a 14, una cifra notable comparada con la media regional.

La gratuidad es clave, en todos los niveles. Las barreras económicas y sociales impiden que se concrete plenamente pero la consagración de derechos es un pilar histórico, tradicional. En Chile empiezan a procurar recorrer ese camino que acá lleva décadas. La garantía se expande a pibes, pibas, jóvenes de otras nacionalidades “que quieran habitar en el suelo argentino”.

Las familias argentinas construyen el sistema. Con las jefas de hogar a la cabeza, quieren que los hijos asistan a la escuela. La matrícula en primaria frisa en el 100 por ciento.

El sindicalismo docente construyó su “conciencia de clase” durante la dictadura y la solidificó durante la recuperación democrática. Sus luchas y movilizaciones contribuyen a hacer agenda, defender derechos de trabajadores de la educación y alumnos, resistir los embates neoconservadores contra el sistema.

La Marcha Blanca en la presidencia de Raúl Alfonsín, la Carpa Blanca contra el desguace menemista y la continuidad de la Alianza, la Carpa itinerante durante el gobierno de Mauricio Macri demarcaron hitos de las luchas populares. Los docentes militaron, enseñaron ciudadanía en calles y plazas. Ofrendaron mártires en esas luchas o en su labor diaria: el maestro neuquino Carlos Fuentealba, asesinado por la policía bajo las órdenes del exgobernador Jorge Sobisch. Los laburantes Sandra y Rubén muertos por una explosión evitable consecuencia de la desidia deliberada de la exgobernadora bonaerense María Eugenia Vidal cuando se ocupaban fuera de horario de preparar algo caliente para la panza de los chicos, antes de que entraran a clase.

La educación arroja déficit variados y el crecimiento del alumnado conlleva escollos difíciles de salvar. También es verificable que los docentes actuaron como contención en sucesivas crisis: se reconvirtieron en cocineros, repartieron útiles, dictaron clases en condiciones desoladoras.

Las menciones dispersas no procuran borrar los problemas que atañen al sistema educativo, sobre todo en su nivel secundario, ni antes ni durante la pandemia. La desvinculación creciente de alumnos, potenciada durante la peste. Lo complicado que resulta transmitir conocimiento o capacitar para el mundo del trabajo. Las polémicas sobre los desempeños de los trabajadores, los paros que realizan, sus licencias. Y cien etcéteras.

Puesto de modo sencillo para que se comprenda. El sistema educativo, la pretensión universalista como derecho-deber, la vocación policlasista, la gratuidad, son pilares altos del sistema político nacional. Sus crisis transitan sobre esa base. Es tan imprescindible defenderlo como mejorar y hasta procurar un salto cualitativo.

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La línea histórica Sarmiento, Yrigoyen, Perón: La narrativa dominante hace exclusivo foco en los problemas, que abundan. Ejerce una nostalgia retrospectiva: hubo un ayer infinitamente mejor. Tenti Fanfani describe bien: “una situación inicial en un pasado indeterminado cuando existía algo así como la escuela ideal. Esa situación se habría degradado o degenerado hasta transformarse en su forma actual en la que todo parecería andar mal. Suele afirmarse que ‘escuela-escuela y docentes-docentes’ eran ‘los y las de antes’. (…) Esa visión de la crisis de la educación como decadencia no es neutral ya que la misma definición del problema sugiere una solución que podríamos llamar reaccionaria pues consiste en la restauración de mecanismos y dispositivos que habrían sido eficaces en otros tiempos”.

Desde Sarmiento para acá, exageremos con fines didácticos, no habría mejorado nada. Tal vez puede colarse la Reforma Universitaria del primer radicalismo, ahora que los boinas blancas son furgón de cola de Cambiemos. Todo el resto se descalifica, se describe como una variante específica del populismo depredador.

Sarmiento dio cátedra, sí señor. Un aporte poco analizado de las movilizaciones docentes y su discurso fue sacarlo de la grieta simplista entre la historia oficial y la revisionista revalorizando esa parte de su legado. La prioridad educativa para conformar la República fue visionaria. Sin indultar su propuesta de “no ahorrar sangre de gauchos” la complejiza.

Otro libro precioso y reciente, “Las señoritas” de Laura Ramos, reseña la epopeya de traer maestras estadounidenses para fortalecer el incipiente sistema educativo. Sarmiento incurrió para concretarlo en un abanico de pecados estatistas y decisionistas: gastó fortunas, prometió sueldos siderales, prometió más de lo que concretó. Quiso que llegaran mujeres jóvenes, capacitadas, solteras, con compromiso de conservar esa condición. Católicas allende el laicismo del “padre del aula” para conciliar con la comunidad educativa. Las biografías de un puñado de ellas pintan un formidable fresco de época. Varias eran protestantes lo que generó un sinfín de problemas y discriminaciones Unas cuantas se casaron, dos de ellas (todo lo indica) formaron pareja del mismo sexo. Atravesaron peripecias, convivieron con magnicidios varios, fiebre amarilla. Ayudaron literalmente a construir escuelas en numerosas provincias, fueron amadas por las familias, recibieron regalos costosos. Las crónicas aleccionan, reflejan un momento único, audaz.

Pero las iluminaciones sarmientinas, como suele suceder con la políticas de Estado demoraron en germinar. La educación masiva tardó décadas en concretarse. Los años dorados del siglo XIX y comienzos del XX convivían con castigos corporales, discriminación de mujeres e hijos ilegítimos, cifras de matriculación que ahora darían vergüenza. No es una crítica viciada de anacronismo sino apenas una descripción de los serpenteantes caminos del progreso.

El sistema educativo de fin del siglo XIX se perfeccionó con la política popular inclusiva del yrigoyenismo y del primer peronismo. Se cualificó con la Reforma Universitaria yrigoyenista. El primer peronismo consagró la gratuidad de la enseñanza universitaria. Entre 1916 y, redondeamos, 1975 se produjo el ascenso social de las clases medias primero y la trabajadora poco después. Fue en ese contexto, no en otro, que hubo movilidad social ascendente y una tendencia a la igualdad. En esos términos, ese es un pasado tan ejemplar cuan irrepetible.

El Estado benefactor cifra la etapa más inclusiva de nuestro país. Por las ampliaciones de derechos, por la mejora concreta en la distribución de riqueza, poder, valoración social y hasta ilusiones.

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Conflictos y lineamientos: La Vulgata dominante divide los males colectivos: una parte son causados por el populismo corrupto. El resto son “deudas de la democracia”. Qué bonito; un bando queda exento de responsabilidades específicas. La realidad se empecina en refutar dicho esquematismo.

La educación no implosionó, su devenir se explica en buena dosis por conflictos, enfrentamientos, dialéctica.

Los alineamientos no son sencillos, se viven disputas dentro de lo que otrora se tipificaba como campo popular: la Marcha Blanca enfrentó al gobierno de Alfonsín, un ejemplo entre tantos.

Pero resulta ineludible la dialéctica entre el neoconservadurismo y los gobiernos populares. El daño causado por la decisión del menemismo al provincializar el sistema educativo (y otros) propende a lo irreparable. Se zurce, se compensa… pero cuando nos despertamos la fragmentación está ahí. El movimiento docente lo confrontó, colocó la polémica en la agenda pública. Los macaneadores se quejan de que “nadie se ocupa de la educación”, olvidan esa historia, quien quiera oír que oiga, La Carpa Blanca arrancó a una administración ajena o hasta hostil el Fondo de Incentivo docente y nacionalizó la cuestión, dentro de lo disponible.

El kirchnerismo consagró en leyes varias demandas. La reivindicación se convierte en conquista. El Financiamiento Educativo, la Paritaria Nacional Docente (PND). Tuvo tironeos con los gremios por la propia PND, por las huelgas. La entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner los regañó en una apertura de sesiones ordinarias ante el Congreso. Pero las armonías superaron, lejos, a las discrepancias ocasionales.

Los programas Conectar Igualdad y Progresar apuntaron a mejorar recursos y ampliar derechos de los estudiantes sobre todo los de menos recursos económicos, Se han abordado en columnas anteriores, remitimos a ellas. Los objetivos son loables: acrecentar el derecho de propiedad y el acceso a nuevas tecnologías. Sostener el acceso a las universidades, sobre todo a las numerosas que se crearon.

Macri discontinuó el Conectar y enflaqueció Progresar, al extremo. Median polémicas sobre la perfección de esos programas, hubo dificultades para sostener reparaciones o mantenimiento de las compus- Pero el designio queda nítido,

La distribución gratuita de libros, otro caso. Alegar que “no se lee más”, minga de donar libros, retrata a la cúpula del macrismo pero no a la gente común. Ni a los intelectuales, ni a los académicos… ni siquiera a los cambiemitas.

La interrupción de la entrega de compus agravó los problemas de la educación a distancia, forzada por la pandemia. No hubiera conseguido funcionar como panacea pero sí para mitigar diferencias.

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La peste, una catástrofe; La pandemia produjo una catástrofe. La educación remota acentuó desigualdades hondas y preexistentes. De competencias familiares, de recursos en el hogar, de acceso a dispositivos. Numerosos docentes atravesaron el calvario de “enseñar” careciendo de herramientas adecuadas, a menudo con un celular a pedal.

La pérdida de sociabilidad provoca daños y dolores más perdurables tal vez no comprendidos ni estudiados todavía. La escuela es cercanía, corporeidad, vinculaciones. En el mundo actual, arriesguemos, los chicos adquieren más conocimientos entre ellos que de sus mayores, anche los maestros.

El Gobierno nacional perdió feo la discusión sobre la presencialidad porque no detectó su significado. Se enredó en paliques con los opositores, no reparó en lo que pensaban los ciudadanos. La presencialidad era una meta, un anhelo entre tanta malaria, antes que un conteo de horas cumplidas de asistencia efectiva a clase. Desde el traspié original del presidente Alberto Fernández (“importa más la vida que no pasar de grado”) medió una incomprensión. La convivencia escolar gravita más que pasar de grado, es un bien social de otra categoría.

El ministro de Educación bonaerense Alberto Sileoni destaca (con saber y buena onda) que por un tiempito los chicos quisieron sin más, ir a la escuela. Un funcionario con “olor a tiza” escribe el periodista Martín Rodríguez. El ministro de Educación nacional Jaime Perczyk calza en igual molde. Afrontarán terrible desafío para recuperar el terreno perdido.

En pandemia se potenciaron las desigualdades, la concentración de la riqueza, la insensibilidad de los poderosos del planeta. Se comprobó cruelmente lo escrito años ha por el economista Julio Olivera: “la provisión de los bienes públicos continúa siendo responsabilidad de los estados nacionales individualmente considerados. Esta limitación de la economía global no constituye meramente un dato histórico. Aun en el plano de la teoría y de los conceptos abstractos, la existencia misma del Estado, tiene por fundamento racional la provisión de bienes públicos. Ha de recordarse que la noción moderna de bienes públicos comprende no solamente los bienes públicos materiales (los bienes que integran el ‘dominio público’) sino los bienes públicos inmateriales o intangibles, como la educación, la salud, la Justicia y la seguridad”. Amén.

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Los valores globalizados contra la educación deseable: El desvencijado Estado nacional sobrevive como bastión frente a la globalización construida por los países centrales. Falacia germinal: los defensores del orden global, sus privilegiados, se proponen como abanderados de la educación pública. Una contradicción en los términos.

La globalización real existente ahonda asimetrías, concentra riquezas, prioriza la actividad financiera sobre la productiva, fomenta la perduración de las herencias, combate las relativas autonomías nacionales. Macri encarna como pocos ese nuevo orden. Es rico porque heredó. Estudió en colegios y universidades privados, de privilegio. Su papá le compró el título de ingeniero, se ignora si en sentido estricto o figurado. Sin embargo (o por eso) se expresa mal en castellano, no sabe conjugar verbos regulares. Se inclina a hablar poco, porque está habituado a mandar. Pese a todo (¿o por eso, achala?) cuenta con una cantidad deprimente de adeptos.

El sistema educativo precisa reformas, intervenciones, ser puesto patas arriba, hasta revoluciones. No es sensato pensar que los cambios imprescindibles surgirán del consenso entre quienes demolieron el estado benefactor, persiguieron a los sindicalistas, privaron de bienes y derechos a los pibes, favorecieron a los especuladores, fugadores o evasores.

La escuela añorada o mitificada contiene, allende las fantasías, objetivos a recobrar. Serían imposibles dentro del paradigma de la derecha mundial dominante. La entrañable (seguramente imprecisa pero digna) idea de que “hay que estudiar para saber, para poder laburar bien, ganarse la vida” carece de perspectivas en una sociedad que premia a los nacidos en cuna de oro, a los que se enriquecen de la noche a la mañana traficando con bitcoins, a los que se oponen a que haya nuevos impuestos y se rehúsan a pagar los existentes.

mwainfeld@pagina12.com.ar