El uso de IAG se plantea como una realidad ineludible. El discurso de las grandes tecnocorporaciones permeó a toda la sociedad, incluso la educación. Pero ya hay estudios que comprobaron una baja del nivel académico. A los estudiantes ahora les resulta más difícil enfrentarse a tareas que implican un procesamiento de información de nivel superior. Y se desconoce algo: creer que las podemos controlar es un error.
Por: Esteban Magnani / Tiempo Argentino
Margaret Thatcher utilizaba como slogan para su gobierno: “No hay alternativa”. Plantear que solo hay un camino razonable ayuda a marchitar la imaginación y estimular el sometimiento. Los tecnócratas de la actualidad usan ese mismo método para sus productos: desde los NFT que iban a salvar a los artistas o el Metaverso que lograría una web inmersiva. Estas y otras tecnologías se plantearon como un “futuro” tan inevitable como el que marca un reloj. Quienes señalaban que el Rey estaba desnudo, o al menos en paños menores, eran negacionistas con olor a naftalina.
Ahora es el turno de la Inteligencia Artificial Generativa (IAG) que “resolverá todo”, según un blitzkrieg comunicacional basado en titulares irresistibles sobre su sorprendente “avance”. No importa que una vez rascada la superficie esos avances suelen estar flojos de papeles: antes de que esa crítica decante, ya hay un nuevo titular maximalista señalando, por ejemplo, que la IAG destruirá la humanidad.
En su necesidad de recuperar las obscenas sumas invertidas en las IAG, las empresas plantean como inevitable su ingreso en las aulas. Así es que se transforma en sentido común que de cualquier manera “los alumnos ya la usan masivamente”, “es importante darle usos pedagógicos”, o la más genérica “no se puede evitar el futuro”. Pero ya hay estudios donde se refleja el daño cognitivo y de rendimiento académico en aquellos que apelan a la Inteligencia Artificial a largo plazo.

Para empaparse de modernidad, algunas instituciones, como las escuelas de CABA, incluso abrazan esa tecnología, transformada en una bandera del Ministerio de Educación porteño. Pero ese “futuro” tecnológico no proviene del cosmos sino que es diseñado por algunos ingenieros y empresarios de Silicon Valley.
Este tipo de discursos “inevitabilista” hace que cualquier institución educativa tenga temor de prohibir el uso de IAG en sus aulas. Se sabe que este mecanismo no alcanza para resolver un problema: podemos pensar en la prohibición de copiarse en los exámenes o del uso de drogas duras. Por eso incluso las instituciones más conscientes de los riesgos de la IAG en las aulas bailan una danza complicada en la que exponen los múltiples problemas de estas herramientas pero sin prohibir su uso.
¿No hay alternativa?
Señales
El uso masivo de las IAG es relativamente reciente, al igual que la evidencia científica sobre los efectos de su uso. Sin embargo, hay antecedentes que permiten adivinar algunos de sus problemas: los celulares y las plataformas que contienen. Frente a la evidencia de que los niños, niñas y adolescentes usaban masivamente estos dispositivos, las escuelas abrazaron este recurso para recuperar su interés.
Poco a poco se dieron cuenta de que la lucha entre docentes (generalmente mal pagos) y miles de ingenieros cargados de algoritmos capaces de hackear la atención no era equilibrada. En los últimos meses se comprendió esta competenca desleal y se comenzó a prohibirlos en escuelas de todo el mundo. El resultado, según cuentan los docentes, es que vuelven los juegos y las risas en los patios durante los recreos.

Al final, volver a lo que ocurría hace 10 o 15 años en las escuelas parece bueno: tal vez el pasado era mejor en esto y el futuro no era tan incontenible, al menos en una de las pocas instituciones que aún promueve hábitos comunitarios y de concentración. El experimento masivo con celulares y población humana tuvo efectos muy dañinos en salud mental, daño cognitivo, capacidad de atención.
Ahora la discusión se repone de la mano del uso de las IAG que “llegaron para quedarse”. Pese a la experiencia con los celulares, algunas instituciones como las escuelas primarias de CABA abrazan la posibilidad de pintarse de “futuro” trayendo esas herramientas a las aulas. Otras instituciones, más conscientes de su peligro, no se sienten en condiciones de pagar el costo de decir “No. Es peor el remedio que la enfermedad”.
También podes leer: «El uso sin límites del celular y las redes sociales provocan trastornos en la salud mental de niños, niñas y adolescentes»
La IA en las aulas y los malos resultados
¿Qué se sabe sobre los efectos del uso de IAG en la educación? Un extenso trabajo realizado por las Universidades de Estocolmo y Hong Kong sobre 26.811 estudiantes de los grados 7 a 12 de China a lo largo de 30 meses, estableció que los resultados en los exámenes empeoraban en un 20% en promedio a los seis meses entre quienes usaban IAG para sus tareas.
Los exigentes pruebas de admisión para entrar a las universidades chinas resultan en un 18% a 24% peores para esos estudiantes. Los magros resultados relativos se obtuvieron entre aquellos que las usaron al menos dos años y en los estudiantes de mejor rendimiento escolar.
El reciente informe PISA de 2025 sobre desempeño escolar realizado por la OCDE indicó una crisis global en el desempeño de los estudiantes. Según el mismo estudio uno de cada cinco utilizaba la IA todos los días.

En la presentación, el responsable del estudio Andreas Schleischer señaló:“A los estudiantes ahora les resulta más difícil enfrentarse a tareas que implican un procesamiento de información de nivel superior, como evaluar y reflexionar o recordar e integrar varias piezas de información. Esas tareas ya no les resultan fáciles a muchos de ellos. Leen más rápido, pero con menos precisión. Y esas son algunas tendencias estrechamente relacionadas con el uso de herramientas digitales. Si lees un libro, un libro largo, se genera en tu cerebro una compleja representación mental de la información que tienes delante”.
En cambio, “cuando simplemente recibes algo de ChatGPT, todo gira en torno al procesamiento de la lectura. La lectura se vuelve lineal. Consiste en simplemente leer fragmentos. Así que lo que vemos es que la tecnología ha debilitado algunos de los procesos de aprendizaje más avanzados”.
En Argentina, por su parte, recientemente un grupo de expertos en informática, educación y neurociencia explicó que las tareas que resuelve las IAG son, justamente, los desafíos que necesita el estudiante para aprender. Nadie entrena para una maratón subido a una moto. El cerebro es como un músculo que si no se usa se atrofia o nunca se desarrolla.
¿Hay alternativas?
¿Podrían existir usos de la IAG útiles en educación? Tal vez utilizarlas para discutir resultados, buscar fallas o hacer una primera búsqueda de fuentes permitiría enriquecer el proceso. El problema es que estas herramientas una vez que se empiezan a usar son difíciles de contener.
El ser humano está programado evolutivamente para ahorrar energía: estamos diseñados para ser vagos y cuánto más fácil resulte una tarea menos dispuestos estaremos a esforzarnos en el futuro. De hecho, todas las plataformas digitales trabajan sobre ese impulso por reducir “la fricción” al escuchar música, pedir un auto, conseguir un amante, hacer una compra con solo un click. ¿Por qué no hacer la tarea de la misma manera?
Un estudio reciente sobre lo que ocurre en las empresas mostró que las habilidades de los empleados se deterioraban por el uso de la IAG. Las principales consecuencias de la delegación cognitiva pasaban por la erosión constante del pensamiento crítico, el juicio propio, la curiosidad y la originalidad, todas tareas crecientemente delegadas en esas herramientas.
A medida que las capacidades se atrofian resulta más difícil realizar esas tareas, lo que retroalimenta el círculo vicioso.“La ceguera por automatización no es una falla moral, no es simplemente pereza. Es una limitación cognitiva humana prácticamente universal”, explica el investigador Cory Doctorow en su libro más reciente.

Si este fenómeno ocurre en adultos que ya formaron su capacidad crítica, en las aulas directamente impide su desarrollo. Esto que es muy útil para las empresas en términos económicos porque genera clientes de por vida, es devastador para la sociedad y los sujetos que la componen.
Evidentemente las prohibiciones de copiarse en los exámenes o de hacer plagio no terminaron con estas prácticas. Pese a eso, a nadie se le ocurre decir que esas prohibiciones no tienen sentido porque niegan una realidad. También se podría decir que las IAG entrenadas gracias a un saqueo cognitivo regurgitado son en sí mismas máquinas de plagio porque se nutren de la inteligencia humana, sin pedir permiso, y muchas veces hacen citas textuales o casi textuales sin advertir al usuario.
Lo que sí se debe hacer en las aulas es impedir su uso: esta es ya una forma de desnaturalizar y desincentivar su uso cotidiano. También se deben explicar su dimensión política, que son herramientas con efectos, sociales, económicos y cognitivos que se pagarán en el futuro. También que son máquinas basadas en el saqueo intelectual sistemático, usadas para la manipulación, la concentración de la riqueza y el drenaje de divisas. Y sobre todo, es necesario repetir que casi nunca lo más fácil es lo mejor.
