El ataque y el secuestro de Maduro fue un antes y un después para el gobierno de Trump, pero también para el de su seguidor Milei, que funciona como un protectorado.

Por Nicolás Lantos / El Destape Web

A esta altura del partido queda claro que el 3 de enero, con el ataque a Caracas y el secuestro de Nicolás Maduro, marcaron un parteaguas para la segunda administración de Donald Trump y también para el mundo. La radicalización simultánea en el plano exterior, el interno y también en el simbólico son la señal de que el nuevo mundo no es algo que esté llegando sino que ya está acá. La Argentina, sobreexpuesta a ese riesgo por el gobierno anticonstitucional de Javier Milei, que funciona como un protectorado antes que como una Nación soberana, también se radicaliza. El decreto 941/25 sella el ingreso del país al nuevo Eje y ata la suerte de sus ciudadanos a fuerzas que no podemos controlar.

1.

Venezuela dio comienzo a una nueva fase imperialista de expansión territorial y extracción directa de los recursos de otras naciones en nombre de la seguridad nacional. Esta semana el gobierno norteamericano hizo la primera venta de petróleo incautado a PDVSA, por unos 500 millones de dólares. El dinero no se depositó en Estados Unidos sino en cuentas offshore en Qatar. Mientras tanto, las referencias a actuar militarmente, provocar cambios de régimen o anexar territorios de México, Groenlandia, Colombia y Cuba ya no se perciben como comentarios pintorescos sino como amenazas concretas sobre las que los gobiernos de esos países y de otros, como la Unión Europea, comenzaron a actuar preventivamente.

Las menciones a una anexión de Groenlandia se volvieron tan frecuentes y tajantes la última semana que parece difícil que alguien como Trump pueda dar marcha atrás sin parecer que fue derrotado. Varios países de la OTAN enviaron o van a enviar en estos días tropas a la isla para disuadir a la Casa Blanca de una acción militar. Es una historia en desarrollo. El argumento que utiliza el gobierno norteamericano para su voracidad territorial, la necesidad de establecer una “zona de seguridad nacional”, no difiere conceptualmente del espacio vital alemán, el lebensraum que utilizó Adolf Hitler en la década de 1930 para anexar el territorio de Austria y de Checoslovaquia, antes de que la invasión a Polonia diera comienzo a la guerra.

Es incorrecto decir que el 3 de enero la máscara de la pretensión democrática se cayó: más bien fue arrojada furiosamente al suelo. Después de Caracas, la administración Trump, que siempre había coqueteado y hasta intimó con el extremismo de derecha, encaró un rebranding que se parece más a un revival del Reich que al brillante futuro tecnócrata que quieren vendernos. Donde antes sonaban silbatos de perro ahora la noche se llena de aullidos que se responden entre sí, como si estuvieran celebrando un lenguaje que ahora pueden usar en voz alta después de mucho tiempo de pronunciarlo sólo en susurros.  De repente “América para los americanos” suena a algo aún más oscuro que Monroe.

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