Los historiadores Camila Perochena y Francisco “Paco” Reyes analizaron la evolución de las identidades políticas argentinas, las crisis de representación y los cambios en el electorado. El impacto de Javier Milei, la situación del peronismo y el desafío del progresismo también formaron parte de la conversación organizada por Fundación Cauces en Santa Fe.
Las identidades políticas argentinas atravesaron distintas etapas desde la conformación del sistema de partidos a comienzos del siglo XX. Radicalismo, peronismo, socialismo y comunismo construyeron formas de identificación que, con el paso del tiempo, fueron cambiando su relación con la sociedad, el Estado y los adversarios políticos.
En ese recorrido, la recuperación democrática de 1983 apareció como un punto de inflexión, mientras que las crisis de 2001 y 2023 marcaron otros momentos de ruptura. Para Perochena y Reyes, el escenario actual presenta una combinación de identidades históricas debilitadas, un electorado más volátil y una nueva forma de relación entre sociedad y política.
De las identidades facciosas a la democracia de 1983
Camila Perochena sostuvo que las identidades políticas argentinas estuvieron históricamente atravesadas por una lógica facciosa y polarizada. “La mayoría de las identidades políticas son identidades políticas que se piensan de manera facciosa”, afirmó. Esa característica llevó a que distintos espacios se presentaran como representantes de la Nación y ubicaran al adversario fuera de esa comunidad política.
La historiadora explicó que esa lógica podía observarse en el radicalismo de Hipólito Yrigoyen, construido alrededor de la oposición entre “la causa y el régimen“, pero también en la relación posterior entre peronismo y antiperonismo. “El juego político se pensaba como un juego de suma cero“, sostuvo. El adversario no aparecía como alguien con quien convivir, sino como alguien que debía ser derrotado.
Según Perochena, ese esquema comenzó a modificarse con la recuperación democrática. “Esto se rompe, afortunadamente, con la transición a la democracia”, afirmó. En ese proceso, destacó el papel de Raúl Alfonsín y una concepción de la democracia vinculada con los procedimientos, el pluralismo y el imperio de la ley. “No entendíamos que en realidad recitar el preámbulo era una nueva forma de entender la democracia”, recordó.

El peronismo después de 1983 y el regreso de la polarización
La transición democrática también obligó al peronismo a revisar su identidad después de la derrota electoral de 1983. Perochena destacó que ese proceso se produjo con rapidez y mencionó el surgimiento de la Renovación Peronista y figuras como Antonio Cafiero. “El peronismo, a diferencia del peronismo actual, renueva muy rápidamente su identidad política”, sostuvo durante el encuentro.
Para la historiadora, durante buena parte de las décadas siguientes se consolidó una política en la que la negociación y los acuerdos tuvieron un peso importante. Mencionó la sucesión presidencial entre Alfonsín y Carlos Menem, el Pacto de Olivos y también los acuerdos alcanzados durante la crisis de 2001 y 2002. Ese escenario comenzó a cambiar a partir del conflicto entre el gobierno y el sector agropecuario en 2008.
“A partir del conflicto con el campo volvemos a una lógica para pensar las identidades políticas muchísimo más facciosa, muchísimo más polarizada”, sostuvo Perochena. Según explicó, esa nueva etapa recuperó la construcción de identidades alrededor del enfrentamiento con un “otro” y encontró distintas expresiones posteriores, primero con Mauricio Macri y luego con Javier Milei.
2001, 2023 y una nueva crisis de representación
Francisco Reyes planteó que representación y democracia no fueron históricamente conceptos equivalentes. A partir de los trabajos del politólogo Bernard Manin, explicó que existieron formas de representación anteriores a la democracia electoral y también mecanismos de representación en sistemas no democráticos. “La democracia y representación no siempre fueron de la mano”, sostuvo.
El historiador también repasó las dificultades de representación de comienzos del siglo XX. Aunque existía el sufragio masculino, la participación electoral era baja: “Más o menos votaba entre el 20 o 25% de los que estaban habilitados a votar”, señaló. En una sociedad atravesada por la inmigración, el crecimiento urbano y nuevas demandas, las elites percibieron una distancia entre el Estado y una sociedad que cambiaba.
En ese contexto, las reformas electorales buscaron fortalecer la relación entre representantes y representados. Reyes señaló que la Ley Sáenz Peña de 1912 fue parte de ese proceso, al incorporar el voto obligatorio. También remarcó que la representación debía entenderse como una construcción permanente. “Es un trabajo bastante permanente de la representación”, sostuvo, al referirse a la tarea de las elites políticas.

Del “voto bronca” al fenómeno Milei
Perochena ubicó en 2001 otra gran crisis de representación. El voto blanco y nulo, que superó el 20%, fue una de sus expresiones, aunque también aparecieron asambleas, movimientos de desocupados y otras formas de acción colectiva. “Era una crisis de representación que se veía en los votos, pero que se veía en la sociedad”, explicó.
A partir de allí, comparó aquella situación con el escenario electoral de los últimos años y planteó una hipótesis sobre el peronismo. “Es probable que al peronismo le haya llegado su 2001“, sostuvo. La diferencia central, explicó, fue que el malestar electoral de 2023 no terminó expresándose principalmente mediante el voto en blanco o nulo, sino que encontró una alternativa capaz de canalizarlo.
“El voto bronca encontró quién lo represente”, afirmó Perochena. Según explicó, la elección de 2023 produjo una derrota particularmente profunda para el peronismo y dejó abierta la discusión sobre su identidad. A diferencia de lo ocurrido después de 1983, cuando surgió rápidamente una renovación, “no está claro por dónde tiene que ir esa renovación identitaria“, sostuvo.
Un electorado más volátil y una política diferente
Reyes señaló que la crisis actual también debe analizarse a partir de los cambios en la relación entre los electores y los partidos. Después de la Guerra de Malvinas, recordó, se había producido una fuerte demanda de participación política. “La gente no solamente iba a votar, se quería afiliar a un partido”, sostuvo. Esa disposición sobrevivió incluso al final del gobierno de Alfonsín.
Para el historiador, una de las diferencias centrales entre 2001 y 2023 estuvo en la situación de las elites políticas. “En 2001, yo creo que hay una crisis de representación, pero me parece que no hay una crisis de las elites políticas. Yo creo que en el 2023 sí”, afirmó. En ese escenario ubicó el reordenamiento del sistema partidario y la transformación del PRO frente al crecimiento de La Libertad Avanza.
El nuevo electorado, según Perochena, también mostró una mayor capacidad para separar sus decisiones nacionales de las provinciales. “La gente entiende cuándo está votando algo provincial y cuándo está votando para algo nacional”, sostuvo. Reyes coincidió en esa transformación y habló de un votante más impaciente y volátil. “Es un scroll presidencial“, resumió.
¿Puede Milei romper el “empate” argentino?
La conversación también abordó la idea del “empate hegemónico” desarrollada por Juan Carlos Portantiero para explicar la dificultad histórica de un proyecto político para imponerse definitivamente sobre los demás. Perochena señaló que aquella interpretación se apoyaba en una sociedad civil con organizaciones capaces de bloquear proyectos políticos y ejercer capacidad de veto.
“Cuando Portantiero escribe esto está pensando en una sociedad civil mucho más organizada y consolidada que la actual”, explicó. Según sostuvo, sindicatos y otros actores sociales tenían décadas atrás una capacidad de presión que hoy se encuentra debilitada. “La sociedad civil está más fragmentada, más deteriorada que hace 50 años, que hace 30 años, que hace 20 años”, afirmó.
Esa transformación, planteó, puede modificar las posibilidades del actual gobierno para avanzar con su programa. “En ese sentido tiene más chances de romper el empate“, sostuvo Perochena. Reyes, por su parte, vinculó el concepto con la capacidad de los distintos sectores socioeconómicos de utilizar herramientas políticas para bloquear o impulsar determinados proyectos.
El desafío de un progresismo que no logra imaginar el futuro
Hacia el final del encuentro, la discusión se concentró en el futuro del progresismo. Reyes comenzó cuestionando la propia definición del término. “No está nada claro qué es. No está nada definido”, sostuvo. A partir de allí, planteó la necesidad de que ese espacio deje de concentrar sus esfuerzos en las disputas internas y pueda construir una organización política capaz de ampliar su representación.
“Tarea número uno, no pelearse entre los que se reconocen como del mismo espacio”, afirmó Reyes. También planteó la necesidad de construir una agenda propia y de abrirse a una sociedad que cambió durante la última década. “El dilema es reconectar con una sociedad que no es la misma que hace 10 años”, sostuvo.
Perochena agregó otra dificultad: la imposibilidad de imaginar con claridad hacia dónde se dirige el mundo actual. “En el progresismo se da una mirada un poco nostálgica, de una era dorada”, explicó. La aceleración tecnológica y social, sostuvo, volvió más difícil anticipar el futuro incluso para quienes estudian la sociedad. “Es tan difícil entender la vorágine de los cambios”, afirmó.
Reyes retomó esa discusión a partir del concepto de “régimen de historicidad” de François Hartog y señaló que el presente se volvió dominante frente a un pasado que ya no funciona como guía y un futuro que resulta difícil de imaginar. “El GPS se te cortó y seguís, como antes, mirando el camino, para dónde va”, sostuvo.
El historiador vinculó esa dificultad con la crisis de las ideas progresistas. “¿Por qué los progresistas están en crisis? Porque es difícil pensar en progreso en este contexto”, planteó. También relacionó las transformaciones políticas con los cambios tecnológicos y describió a La Libertad Avanza como “hija de Twitter”, en referencia a su capacidad para sincronizar con nuevas formas de comunicación.
El desafío, según Reyes, consiste en encontrar una nueva forma de vincular esos valores con las condiciones actuales sin quedar atrapados en las categorías del pasado. “Tal vez la cuestión sea dar una vuelta de página respecto de algunas condiciones. Sin abandonar valores”, sostuvo. Y, sobre el tradicional enfrentamiento entre kirchnerismo y antikirchnerismo, concluyó: “Si seguimos pensando en términos de péndulo y demás, yo creo que hay que salir por otro lado”.
Fuente: El Litoral

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