Viendo y escuchando el discurso de Donald Trump ante la Asamblea General traté de recordar si había algún antecedente de que algún jefe de estado o de gobierno hubiera amenazado con “aniquilar” más que a un país a una civilización como lo hizo el titular de la Casa Blanca en su intervención del 22 de septiembre.
Por Atilio Borón/ Página 12
Amenaza, además, proferida en el seno de la instancia diplomática más importante del mundo como es la inauguración del 81º período de sesiones de la Asamblea General de la ONU. La búsqueda resultó infructuosa. Hubo, pero en otros ámbitos o reuniones del sistema de las Naciones Unidas frases intimidatorias de algunos jefes de estado dirigida a enemigos o adversarios, pero nunca nada tan criminal como la pronunciada por Trump. Esa sola frase, propia de un hampón que habita el submundo del crimen y el delito, revela los alcances de la descomposición moral de la dirigencia estadounidense y su repudio a las normas y principios fundamentales que deben prevalecer en las relaciones internacionales para garantizar la convivencia pacífica entre las naciones
¿Cómo entender semejante exabrupto? Hay varios factores que es preciso tomar en cuenta para comprender -más no para justificar- la aberrante bravuconada del mandatario estadounidense. Es el aullido de un animal herido de muerte que pretende anunciar al mundo el regreso de un imperialismo recargado, o de un super imperialismo, que contaría con poderes omnímodos para organizar al mundo en función de sus intereses. Sin ruborizarse Trump dijo que “Estados Unidos ha vuelto y está más fuerte que nunca, que su economía es la envidia del mundo, su ejército el más poderoso” y que nuestros avances tecnológicos “no tienen parangón”, en una oblicua referencia a China.
El telón de fondo de la criminal amenaza proferida por Trump es la desesperación que le ocasiona el haber quedado atrapado en el pantano iraní al que fue empujado por el otro hampón de la política mundial, Benjamín Netanyhau. Trump puede echar a los periodistas de la Casa Blanca e insultarlos como lo hace su devaluado lambiscón mayor, Javier Milei, pero él sabe que ya perdió la guerra en Irán y sabe del consenso generalizado entre expertos militares y civiles de Estados Unidos que así lo aseguran. No sólo que junto a Israel perdió esa guerra sino que tampoco se vislumbra un final honorable de la misma. El fantasma de una retirada humillante como la que ordenara Joe Biden en 2021 a las tropas estacionadas en Afganistán luego de veinte años de guerra es una pesadilla que atormenta día y noche al matón neoyorquino. De concretarse, propinaría un golpe demoledor al delirio de grandeza del magnate anaranjado. La violenta reacción de Trump proviene de la dolorosa constatación de que pese a contar con un presupuesto fenomenal (que será aumentado en un cincuenta por ciento el año próximo) sus fuerzas armadas son incapaces de derrotar a un rival como Irán que ha sido objeto de casi medio siglo de agresiones de todo tipo por parte de Estados Unidos y sus vasallos.
Pero hay algo más que perturba su entendimiento: el otro pilar sobre el que el imperio asentó durante décadas su supremacía, el dólar, está dando inocultables señales de creciente debilidad. Está perdiendo terreno en el comercio internacional y en las reservas de los bancos centrales, que entre 1980 y el 2025 descendió del 67 por ciento al 56 por ciento, proceso alimentado entre otras cosas por la exorbitante deuda pública del gobierno de Estados Unidos. Por contraposición, en el Sur Global los países que integran la Organización de Cooperación de Shanghái y los BRICS con sus políticas de fomento al uso de las monedas locales para los intercambios comerciales entre sus miembros gravitan cada día con más peso en la economía mundial, en desmedro de la declinante influencia del G7 en el PIB del planeta.
A lo anterior debe sumársele el desafío que plantea la elección de medio término pautada para el próximo 3 de noviembre en la cual Trump podría perder al control de la Cámara de Representantes y -aunque sea mucho más difícil- también del Senado con lo cual el segundo bienio de su administración configuraría un caso clásico de “pato rengo”, es decir, un gobierno imposibilitado de adoptar grandes iniciativas sin la aprobación de un congreso díscolo. De ahí la insólita propuesta de obsequiar a cada ciudadano estadounidense con un bono de 5.000 dólares si es que el electorado lo favorece con la mayoría en ambas cámaras, una operación que si se realizara en otro país Washington no dudaría un segundo en condenar. De ahí también su fantasioso manejo de cifras y estadísticas económicas carentes por completo de respaldo empírico (al estilo de lo que es habitual en el presidente argentino), manejo que no alcanza a ocultar el hecho duro de que el índice de aprobación de su gobierno medido por diversas encuestas oscile entre el 32 y el 33 por ciento, un brusco descenso del 47 por ciento que las mismas encuestadoras registraron al comienzo de su mandato en enero del 2025.
Pero la amenaza de “aniquilar” a Irán no fue la única bravuconada de Trump. La otra estuvo destinada a Latinoamérica y el Caribe cuando advirtió que “no permitirá que las amenazas contra Estados Unidos se afiancen en ningún lugar del continente americano”, sin precisar en qué consistirían tales “amenazas”. ¿Era la Venezuela bolivariana una “amenaza” a la seguridad nacional estadounidense? ¿Lo es Cuba ahora? ¿Lo era Groenlandia, convertida en un protectorado de facto de Estados Unidos? ¿Puede calificarse a México como una “amenaza” cuando en realidad ese país es víctima de la extensa trama de operaciones injerencistas pergeñadas por numerosas agencias federales de Estados Unidos en contra del gobierno de Claudia Sheinbaum? Dicho esto añadió que, si fuera necesario, Washington utilizará todo su “poderío militar sin igual” para proteger los intereses estadounidenses. No se privó tampoco de defender la operación del 3 de enero en Venezuela que culminó con el secuestro de Nicolás Maduro, a quien calificó de “dictador criminal”, y de exaltar al acuerdo petrolero logrado con ese país justificándolo con otra frase que sonó como un escopetazo en el seno de la Asamblea de la ONU: “al vencedor pertenecen los despojos”, en este caso la enorme riqueza petrolera y minera de Venezuela, robada mediante una operación militar de enorme envergadura. En relación a Cuba manifestó que se estaba trabajando para impulsar un “cambio fundamental” en la isla, agobiada por un “Estado absolutamente fallido” según él y que le había encargado a Marco Rubio que tomara este asunto en sus manos. Obviamente no hizo la menor mención al bloqueo que asfixia la isla desde hace más de seis décadas y que cubanas y cubanos han venido resistiendo con increíble heroísmo, bloqueo intensificado en los meses recientes con la esperanza de provocar ese “cambio fundamental” largamente acariciado por la mafia anticastrista de Miami. Si de algo estoy seguro es de que Cuba sabrá enfrentar esta renovada agresividad del imperio y que se convertirá en la tumba de la carrera política de Marco Rubio. De las palabras del ocupante de la Casa Blanca se desprenden con absoluta claridad la voluntad de reconstruir el imperio americano, subordinando a toda la región a los intereses de Estados Unidos. Pero no es un dato menor que en el discurso inaugural de la Asamblea el presidente Luiz Inacio “Lula” da Silva dijera, enfáticamente señalara que “Brasil no es el patio trasero de nadie” -algo que es igualmente válido para los países de Nuestra América- al paso que rechazaba el ingerencismo norteamericano en los procesos electorales latinoamericanos y condenaba de nueva cuenta el bloqueo a Cuba y manifestaba su preocupación por la crisis en Venezuela y Nicaragua.
Un discurso, en síntesis, que anuncia que Nuestra América ha regresado a la época de la “diplomacia de las cañoneras”, algo que aún con la proliferación de gobiernos de ultraderecha en la región es más fácil decir que hacer. Y que en el terreno internacional se propone someter a casi todo el mundo -con las obvias excepciones de China, Rusia y la República Democrática de Corea- a los intereses y conveniencias de Washington. Por eso es oportuno recordar el breve pero contundente discurso del presidente iraní Masud Pezeshkián cuando aseguró que su país “no se pondrá de rodillas ni agachará su cabeza” ante la agresión militar o la presión económica que ejerza Washington. Además, acusó a Donald Trump (y a sus peones políticos y mediáticos a nivel mundial) de “habernos caracterizado como terroristas cuando hemos sido víctimas del terrorismo de Estados Unidos e Israel”, asesinando a niñas en sus escuelas, a la población civil en las calles, diezmando la dirigencia política de Irán y matando nada menos que su líder religioso, el ayatola supremo Alí Jameneí con los bombardeos a mansalva del 28 de febrero del 2026.
Trump con su discurso pretendió conjurar a los espectros del pasado que medraban en un ambiente internacional donde Estados Unidos detentaba una hegemonía y un poderío incontestables. Pero aunque lo desee y formule criminales amenazas no podrá hacer retroceder el reloj de la historia. La era del imperialismo, con Estados Unidos como superpotencia prepotente y rectora -o como sheriff solitario en la formulación de Samuel P. Huntington- se bate en retirada. Es otra ficción como lo fue, en los años noventa del siglo pasado, la exaltación del “nuevo siglo americano”, que apenas si duró una década. La otrora supremacía global de Estados Unidos en los cinco continentes está herida de muerte ante el irreversible advenimiento del mundo multipolar y la proliferación de nuevas y formidables concentraciones de poder económico, político y militar que, sin aspavientos, oponen férrea resistencia a las ambiciones estadounidenses. Tal como lo advirtieran Fidel y el Che, ante estas circunstancias el imperialismo procurará refugiarse en su retaguardia estratégica: Latinoamérica y el Caribe, hoy rebautizada como “Escudo de las Américas”. Pero los cambios ocurridos en el último cuarto de siglo en esta parte del mundo y la creciente vinculación de las economías de la región con el centro de gravedad de la economía mundial que se localiza en Asia han erosionado de modo irreparable la solidez que aquella retaguardia solía tener en otros tiempos. Consciente de ese peligro el imperialismo redobla su agresividad en esta parte del mundo. Podrá anotarse alguna que otra victoria parcial, y momentánea. Pero el proyecto de hacer de Latinoamérica y el Caribe una suerte de “super-estado 51” morirá antes de nacer, como ya ocurrió en Canadá. Hace poco más de veinte años nuestros pueblos derrotaron al ALCA; no caben dudas de que también habrán de hacerlo con el “Escudo de las Américas”.
