Notable ensayista y constante cuestionador de las historias oficiales, falleció en su casa este lunes por la mañana a los 90 años.
Por: Juan Pablo Cinelli / Tiempo Argentino
Suele decirse que la historia la escriben los vencedores. La frase, a la que su bien ganada reputación de lugar común no le quita ni un poco de la verdad que encierra, significa mucho más de lo que dicen esas seis palabras repetidas. Como ocurre con el fuera de campo en el cine, en este caso también es más potente todo lo que en ella queda omitido que aquello a lo que alude. Porque si la historia le pertenece a los vencedores —que es uno de los eufemismos para nombrar a los poderosos—, entonces los relatos de los oprimidos se convierten en una ausencia recurrente en los libros que nos cuentan lo que pasó, de dónde venimos y quiénes somos.
Norberto Galasso, de profesión contador y oficio de historiador, fue siempre a contramano de ese deber ser del relato histórico, eligiendo en su rol de narrador el punto de vista de los derrotados, de los sin voz. Para desgracia de quienes pertenecen a esos grupos, que en general constituyen la legión de las mayorías, Galasso acaba de fallecer este lunes por la mañana a los 90 años. Se va con él una voz empeñada en recordarnos que los excluidos también existen y eso convierte a su pérdida en irreparable.
El relato biográfico dice que Norberto Felix Galasso nació el 28 de Julio de 1936 en Buenos Aires y aunque estudió ciencias económicas en la Universidad de Buenos Aires, donde se recibió de contador público, muy pronto descubrió que su pasión estaba en otro lado. Que la verdad estaba en otro lado. Hombre comprometido desde su juventud, su primer contacto con la política fue desde la izquierda. En los años 1960 fue parte del Partido Socialista de la Izquierda Nacional, que lideraba Jorge Abelardo Ramos. Sin embargo, como a muchos otros argentinos, fueron las corrientes más populares del peronismo las que lo llevaron a cuestionarse su propia mirada de la realidad.

Ya en la década de 1970, tras la vuelta de la democracia y con Juan Domingo Perón de regreso (en el país y en el poder), Galasso ocupó el rol de síndico en la Editorial Universitaria de Buenos Aires, popularmente conocida como Eudeba, que por aquel entonces contaba con Arturo Jauretche como editor. A lo largo de su vida publicó cerca de cuarenta libros, donde en general solía ocuparse de abordar las vidas de personajes emblemáticos de la política y la cultura vinculadas a las expresiones más populares. De esta forma escribió sobre Atahualpa Yupanqui, Leonardo Favio, Enrique Santos Discepolo, John William Cooke o Juan José Hernández Arregui, entre otros.
Galasso x Galasso
Pero quizás no hay mejor forma de definir a Galasso y el trabajo que se impuso en su pasión por narrar la hsitoria, que la que él mismo refirió durante un homenaje que recibió hace diez años en el Instituto Patria, uno de los tantos que recibió en vida y que, a pesar de todo, resultaron insuficientes:
“Mi primer interés político, cuando tendría unos 20 años fue ir a la fábrica Royal, que estaba cerca de mi casa y pedirle al encargado de la planta que me permitiera hablar con un obrero que fuera socialista. En el mejor estilo criollo, el hombre me respondió: ‘Aquí no tenemos de esa mercadería’. Me quedé perplejo y le dije que había leído muchos libros que decían que los obreros tienen que ser socialistas. Y él me contestó una verdad: ‘Sí, pero usted sabe que hay libros buenos y libros malos. Además, a veces los libros dicen cosas que la vida contradice’. Era un chaqueño grandote y de aspecto muy popular. ‘Venga esta noche a mi casa —me dijo— Vivo en una pensión, pero lo voy a recibir con mucho gusto. Nos vamos a tomar un kerosene y le voy a explicar lo que pasa en la Royal y lo que pasa en el país’. Le llamaba ‘kerosene’ al vino tinto. Yo iba diariamente a la Facultad de Ciencias Económicas. El decano firmaba como William Leslie Chapman, cosa que me parecía extraña, luego me di cuenta de que de ahí iban a salir los Cavallo, los Krieger Vasena que ya conocimos y que ahora están asesorando los distintos ministerios. Me di cuenta de que excepcionalmente saldría un Calcagno o algunos de los economistas nacionales que lamentablemente son minoría. Ahora, cuando paso por esa zona voy por la vereda de enfrente, no vaya a ser que tenga algún efecto pernicioso”.
No deja de resultar hermoso que la profesión oficial de Galasso haya sido el de contador y que él haya decidido reconvertir ese simple titulo de grado, pasando de ser un simple “contador público” a un contador de las historias que fueron quedando al margen.
“El peronismo exaltó a la figura de José de San Martín como corresponde, y también puso en su lugar a la unidad latinoamericana y el concepto de Patria Grande. Pero al mismo tiempo dejó indemne, porque quizás el movimiento nacional no fue lo suficientemente fuerte para dar la pelea en todos los frentes, a otras figuras enemigas del pueblo. Ahí quedaron colgados los cuadros de Rivadavia y Mitre, que son la historia del coloniaje de Argentina y de toda América latina”, le dijo Galasso a Martín Suárez, en una de las tantas entrevistas que le dio a Tiempo Argentino, donde también solía publicar con asiduidad columnas sobre diferentes temas. El fragmento deja claro cuáles eran las historias que le interesaba contar.
El propio Galasso escribió, en la que fue su última columna para Tiempo Argentino, que “en la Revolución de Mayo aparecen el sector revolucionario y el sector contrarrevolucionario. En este caso, muchos revolucionarios fueron olvidados, ignorados, tapados en el silencio. Los otros conformaron una oligarquía que se expresó en el poder, o detrás de él, durante la mayor parte de nuestra historia, participando en los acontecimientos decisivos para defender sus intereses y los intereses entrelazados con los sectores imperiales, en un tiempo Gran Bretaña y después Estados Unidos”. Cuando se publicó este párrafo, el 24 de mayo de 2022, todavía faltaba un año y medio para que Javier Milei asumiera como presidente de todos los argentinos. Cuatro años después, con el diario de muchos lunes bajo el brazo, no es difícil notar que aquella conclusión se parecía mucho a una advertencia.
Hace apenas unos días circuló uno de esos memes que suelen condensar fragmentos de sabiduría popular: “Cuando alguien se muere, esta persona no se da cuenta que se murió. No siente nada: los que sufren son los que están alrededor. Algo parecido pasa cuando alguien es un hijo de puta”. Está claro que en esta explicación Galasso ocupa el lugar del muerto y nosotros, sus lectores, el de los que sufrimos su pérdida. Pero también, en gran medida gracias a gente como él, también sabemos quiénes ocupan el lugar de los hijos de puta, ya sea los del pasado como los de este presente destinado a convertirse en historia menos tarde que temprano. El problema es que Galasso ya no estará por acá para recordárnoslo.

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