En el ideario anarquista, que dice procurar “la libertad absoluta” y, por lo tanto, la supresión de todo gobierno y de toda ley, el término libertario se caracteriza por su polisemia, o sea por la pluralidad de sus significados como expresión lingüística.
Por Mempo Giardinelli / Página 12
Por lo tanto ser libertario es –según el diccionario de la Real Academia Española– defender la libertad individual como valor supremo, abogando por la reducción o eliminación del Estado en la vida económica y social.
Basada en el principio de “no agresión”, el “derecho a la propiedad privada” y el “libre mercado” siempre impreciso y a conveniencias, la trilogía puede parecer fenomenal, pero algo le falla porque la idea de que “los individuos sean artífices de su propia felicidad sin coacción” es un camino pavimentado y directo hacia lo que en el vulgo criollo se entiende como “viva la pepa” o “yo hago lo que se me canta”.
De donde la teoría, que hasta ahí vaya y pase, se topa con el problema de que por medio de cualquier extraño autopermiso o abuso interpretativo, todo sujeto atrevido puede –porque es fácil, simple y barato– declararse “libertario”.
Esa ligereza es lo que facilita que, además de chantas, muchos dizque “libertarios” sean brutos, elementales y hasta peligrosos, sobre todo para las democracias y la política, entendida ésta como ejercicio generador de diálogos constructivos de paz y tolerancia, que son sin dudas los mejores modos de desarrollar ciudadanía.
Y es que cuando frente al Diálogo, la Paz y la Democracia se pretende erigir urbi et orbi que ser libertario es defender la libertad individual como valor supremo y absoluto, abogando por la reducción o eliminación del Estado en la vida económica y social, inexorablemente se cuestionan y agreden todos los históricos principios democráticos, como la no agresión, el diálogo, la paz y los derechos a la propiedad privada y al libre mercado, que debidamente organizados constitucionalmente garantizan la Paz interior de todo pueblo.
Todo eso está hoy tergiversado y contrariado en los textos y discursos del oficialismo actual en la República Argentina, donde el Presidente Javier Milei se autodefine como libertario, y acaso en su corazón –si es que lo tiene– como anarcocapitalista.
Para él y quienes comparten su posición, “el libertarismo es una filosofía política y legal que defiende la libertad individual absoluta, la propiedad privada y el libre mercado, proponiendo la reducción o eliminación del Estado”. Lo que lo lleva a una contradicción irreparable, porque aunque se base en el principio de no agresión, de hecho limita toda acción estatal de protección de derechos fundamentales a la vida, la libertad y la propiedad y no vacila en apelar a la violencia –oral o policial– para repeler ideas opuestas.
De donde su concepción del anarcocapitalismo lo conduce –confeso o no– a la eliminación total del Estado. Lo que genera y dispara descontroladas interacciones económicas sin intervención estatal y alienta la drástica reducción del gasto público y la desregulación económica. Y es así como combina el liberalismo económico más extremo con las posturas sociales más conservadoras.
De ahí que, como anarcocapitalista o liberal libertario, Milei alienta y propone la reducción extrema del Estado, al que considera “enemigo”, buscando eliminar el Banco Central, privatizar empresas públicas y recortar el gasto para fomentar un dudoso libre mercado.
Es así como, fácticamente, Milei combina el liberalismo económico clásico con posturas libertarias extremas, según convenga a sus discursos y buscando la reducción drástica del Estado, la defensa de la propiedad privada, la eliminación del Banco Central, el control del libre mercado y posicionándose a la vez como “populista de derecha” y “antisistema”.
Es debido a esas confusiones y torpezas esenciales típicas, que los libertarios son tan radicales y violentos en su fanatismo anti-Estado .
Por cierto, y en breve síntesis, nuestra Patria está hoy sometida a posiciones Libertario/Anarcocapitalistas en versión exacerbada, lo que según el Diccionario de la Lengua Española significa “intensificar, agravar o avivar la intensidad de una enfermedad, dolor o sentimiento negativo. Es aumentar todo malestar que ya era negativo, pasando a un estado de mayor furia, irritación o severidad”.
La esperanza, en contrario, es el estado de ánimo que surge cuando se siente alcanzable lo que se desea. Por eso empieza a ser claro que estos tipos no van a durar. Y reconstruir lo dañado será tarea necesaria para cuando se vayan y el Pueblo Argentino sano, trabajador y patriótico no reconozca ninguna de sus dañinas decisiones.
Claro está que para reorganizar y reparar la Patria lastimada hará falta una ardua tarea. Empezando por reordenar el peronismo, el radicalismo, el socialismo y otras opciones democráticas, así como cambiar casi todo el sistema judicial estableciendo rigurosísimos principios de honestidad y salvaguardas. Porque ésa es hoy, ya mismo, la urgencia mayor: que la voluntad popular esté por encima de cualquier cesión de territorio y de soberanía, a la vez que se afiance la enorme tarea de reordenar la educación y la salud públicas.
Y para todo ello será preciso esperanzar en base a urgentes principios: todo tiene remedio, nada es para siempre, y la primera soberanía es la de la voluntad popular. Por eso no somos pocos quienes todavía pensamos que hubo fraudes en las elecciones que entronizaron a Milei.
Otras tareas pendientes, y urgentes, serán depurar profunda y urgentemente todas las conducciones políticas, así como rehacer las relaciones internacionales para así –con prisa y sin pausas– recuperar la Patria Argentina para el trabajo, el bienestar, la educación y la salvaguarda de todos nuestros bienes naturales. Esos que hoy están rifando los dizque “libertarios” de manera escandalosa, antinacional y antipopular.
Y es claro que hay esperanzas. Ningún país; ningún pueblo del mundo dejó de sobrevivir a este tipo de fantochadas gubernamentales. Todas las naciones en crisis se rehicieron, en todas las democracias. Ésa es entre nosotros la tarea.@

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